domingo, 17 de enero de 2021

Pagar una Birra

 


Era habitual encontrarme un sábado a la noche dando vueltas por los bares de Temperley. Tendría yo unos diecisiete años. En este lugar de la ciudad pululaban en unas pocas cuadras distintos lugares donde proveerse una bebida, algún antro bailable y sobre todo una nube hormonal adolescente que mareaba hasta a los perros. Había que encontrar una tribu, una pertenencia, que más o menos justificara las cosas que hacíamos, la música que escuchábamos, a qué lugares íbamos y a qué gente frecuentábamos. En uno de esos bares, una noche, me crucé con Alejandro. 

En realidad a Ale lo había conocido cerca de la estación de Lomas, yo iba a la escuela de noche y estaba desde el mediodía hasta media tarde dando vueltas tratando de encontrar algo para hacer. Los flippers pinballs en otros lugares del mundo) eran una gran fuente de distracción y allí iba yo a buscar mi matatiempos favorito. Un día estaba esperando que un pibe terminara de jugar su partida mientras espiaba como jugaba para aprender una cosa o dos. Estos juegos son a tres bolas, una vez que uno pierde la tercera, todo terminó. Vi como Alejandro recolectaba puntos, organizaba jugadas, hacía tiros prodigiosos y obtenía jackpots uno detrás de otro. Pero poco a poco las bolas caían. Primero una, luego otra, obtuvo una extra pero finalmente disparó la tercera y yo comencé a escurrir mis dedos dentro del bolsillo para recuperar mi ficha, ese círculo metálico con hendiduras que me haría acreedor a un partido. La bola dió un par de tumbos sobre el tablero y corrió directo hacia uno de los carriles laterales que la descartaría. Como un perro pavloviano comencé a salivar pensando en mi próxima aventura electromecánica. Pero cuando terminó el partido, Alejandro no abandonó su posición de dominación del aparato, conservó exacta la postura como si aún continuara el juego. Debo decir que me quedé un poco perplejo y esperaba que retornara a la realidad para notar mi presencia y dejarme jugar. Pero eso no sucedió.

Alejandro hizo medio paso atrás enfrentando al aparato, metió los dos dedos centrales de su mano izquierda por la apertura donde se retornaban las fichas que no habían sido aceptadas en un gesto que me resultó obsceno. Me hizo pensar en una penetración vaginal dactilar. Levantó la puerta desde ese punto, claro que solo unos milímetros, estaba bloqueada, y girando levemente la cabeza me miró por primera vez y vi su sonrisa, como una mueca, decorando la situación. Dio un golpe seco a la base de la puerta y escuché por los parlantes del aparato el sonido característico al acreditarse un juego. Nuestras miradas no se soltaron, la mueca no cesó, hubo otro golpe. 

- ¿Jugamos de a dos?

Durante un tiempo nos encontrábamos en la estación, íbamos juntos al negocio de los flippers y comprábamos dos o tres fichas para disimular, jugábamos unos seis o siete partidos y luego nos íbamos. Muchas veces perdíamos pronto y yo quería quedarme un poco más a matar el tiempo, pero Ale me sacaba amablemente y me explicaba que no había que abusar para no levantar sospechas. Antes del comienzo del verano desapareció. Yo sabía que vivía con una de sus tías cerca de mi casa pero era toda la información que tenía. Era un tipo extraño, bastante solitario y muy astuto. Creo que tenía la misma edad que yo pero como la mayoría de mis amigos, parecía entender una o dos cosas más que yo. 

Comenzó el siguiente año y estaba yo deambulando por Temperley, había ido con mis amigos pero siempre pasaba lo mismo, nos íbamos desparramando por los bares, caminando sueltos por las calles para el final de la noche encontrarnos en la plaza, ir a una pizzería a comer algo y volvernos a casa a dormir. Entonces estaba yo deambulando cuando al entrar al bar de la estación lo vi sentado a Alejandro en el mostrador, charlando con un viejo y fumando. Sostuve la mirada un rato y ví una vez más la sonrisa en su rostro, me hizo un gesto y me sumé a la charla. Pronto comprendí que no se conocían sino que estaban simplemente intercambiando opiniones, sumé las mías y así estuvimos durante un rato.

El bar de la estación tiene una barra de acero en forma de 'u' de modo tal que un solo mozo puede ir ocupándose de varios clientes. A su vez, a los clientes no les queda otra que consumir, ni bien uno pone un pié dentro del bar, el único paso restante posible es sentarse en la barra, o muy trabajosamente, dar vuelta a la 'u' para sentarse del otro lado. Uno de esos lados tiene acceso por la estación de tren, el otro por la calle.

El viejo se levantó, sacó un fajo de billetes de su bolsillo y haciendo un gesto al mozo le indicó que pagaba la consumición de los tres, nos guiñó un ojo y se marchó tambaleándose con un cigarrillo a medio prender en la comisura de su boca. En el mostrador quedaba un pingüino metálico con uno o dos vasos de vino, media soda y un cenicero lleno de colillas. Serví lo que restaba y comencé a charlar de estupideces con Alejandro, como si no hubiera pasado un día. Hice un racconto de mi verano, algunas cosas de la escuela y como había terminado la historia con esa chica con la que estaba noviando. Prendí un cigarrillo, hice un pequeño silencio y le pregunté "¿y vos?''. Me miró con una expresión vacía, siempre el esbozo de la sonrisa y la mirada fuerte, pero nada más. Solo me dijo "Tomemos una birra'' y llamó al mozo. 

Creí que me contaría de sus días, de qué había hecho o a dónde había ido, pero hablamos de flippers, de música, discos viejos de bandas más viejas aún y anécdotas que en esa época se trasmitían de boca en boca y eran imposibles de comprobar. Pagué esa cerveza y me dijo que él se encargaba de la próxima, que vino detrás.

En ese momento entró una de las tribus que daban vueltas por esas noches. Había varios colegios privados que producían una horda uniforme y amalgamada que operaba y respiraba en conjunto. Todo aquel que no pertenecía a la horda era un ser inferior, pero peor aún, si uno pertenecía a otra horda corría peligro de ser violentamente mancillado por el enemigo. En la horda de turno había dos muchachos que miraban constantemente para nuestro lado. A mí me tenía sin cuidado ya que sabía que no era más que un leptón para estos tipos, pero desconocía si podrían estar tras Ale. 

La segunda cerveza se me hizo pesada pero todos esos problemas se fueron al garete cuando Ale mientras prendía el último cigarrillo de su paquete me confesaba en voz baja que no tenía dinero para esa cerveza. Yo había gastado lo que me quedaba en la anterior y hasta me había arrepentido porque incluía el dinero del regreso a casa y ahora debía caminar, pero en ese momento entré en pánico. Ale notó mi alteración y sin perder la compostura me dijo que no me preocupara, que iba a cumplir con su pacto, él se encargaría.

Terminamos la segunda cerveza y mi borrachera estaba alterada por el temor a ser castigados, aunque no sabía como, por el mozo, una parte estaba alimentando paranoias con la horda y creía que en cualquier momento vendrían a por nosotros y yo no podría ni defenderme ni correr. Prendí un último cigarrillo que solo me descompuso aún más y pensé que simplemente podría levantarme e irme, en ese instante se terminarían mis problemas. La sola idea de concebir la idea me produjo arcadas. No sé quién era este tipo, ni aquellos, ni qué pasaría en el bar, pero yo no me iba a ningún lado.

La horda comenzó a cantar una canción popular pero con la letra cambiada, arengando al resto del bar a seguirlos a pesar de que no teníamos idea de como iba la letra. Del otro lado de la 'u' había miradas y gestos amenazantes en caso de no acatar la pauta, y yo solo pensaba que nada tenía sentido. Mientras me imaginaba fregando el bar hasta pagar nuestros gastos construía argumentos para explicar racionalmente por qué sería imposible para nosotros cantar una canción que desconocíamos e imaginaba esos argumentos escuchados y comprendidos por los integrantes de la horda. En medio de esos pensamientos algunas de mis neuronas que no estaban sumergidas en alcohol me interpelaban. ¿Quería yo resolver racionalmente cuestiones con una horda? ¿quién era el más irracional? ¿la horda o yo?

El clima en el bar se fue caldeando y el mozo, experimentado en su tarea, comenzó lentamente a cobrar los consumos y levantar los servicios. De a poco, como un pacman de blanco y negro, lo veía ir punto por punto recorriendo la 'u' y veía como nuestro fatal momento se aproximaba. Del lado de la horda alguien rompió un vaso al empujarlo de la barra al piso, posiblemente de forma accidental, pero el mozo, impasible ante el hecho, continuaba con su tarea y eso llevó a un libertinaje aún mayor por parte de la horda que ya se subía a las mesas y agitaba los brazos como en la cancha. Ale estaba pétreo bebiendo su cerveza y me sirvió el restante de la botella en mi vaso. 

El mozo llegó al último barra habiente anterior a nosotros y sentí el vértigo invadir mi cuerpo en forma de adrenalina. En ese momento Ale se paró, se puso el cigarro en la boca y cerrando un ojo para que no le entrara el humo tomó la botella y la arrojó violentamente contra el piso interior de la barra, generando un estruendo que invocó la mirada de todos y un momento de silencio. En ese momento, como una represa conteniendo miles de millones de litros de agua a punto de desbordarse vi al mozo calcular el daño. Una respuesta desmesurada generaría la explosión justificada de la horda, que destruiría mucho más que un envase. continuar impasible sería permitirlo todo y la tercera opción, la tomada, era la acertada. Con un grito y un gesto nos echó a todos y declaró el bar cerrado. 

Salimos por la puerta de la estación para dar un rodeo y evitar cruzarnos con la horda. Yo seguía en silencio, atónito y sorprendido. Ale caminaba a mi lado en silencio y llegamos a la puerta que daba a la boletería, metió la mano en un bolsillo y sacó tres o cuatro billetes, me dio uno mientras me decía "Para el colectivo" y apurando el paso subió al andén donde estaba entrando el tren. Me quedé parado allí unos cinco minutos hasta que vi venir por la calle el 318 que me llevaba a casa. Subí con el billete en la mano y mirando al chofer comprendí que debía pagar con monedas. A Ale nunca más lo vi.

lunes, 28 de diciembre de 2020

Una Fiesta (en Balvanera) (Parte II)

 


(link a la Parte I)

Después de cierta edad las fiestas se vuelven legibles. Cuando era más chico me costaba darme cuenta qué podría llegar a resultar un bodrio importante o qué tenía chances de ser un posible éxito. En este caso era bastante difícil saberlo. El lugar estaba habitado por varios personajes coetáneos a Carrie y Jotacé, lo cual podría representar un peligro. La gente joven tiene mucha energía pero poca experiencia, gustan de cosas que tienen poco que ver conmigo, cuando las entiendo. Por otro lado, aquí o allá había algún habitante que podía resultar atractivo. Empezando por la dueña de casa.

La dueña de casa era Yuli, el nombre era Yolanda pero ella lo detestaba y cuando la conocí me dejó bien claro que no deseaba que nadie lo utilice, algunas de sus amigas en ese momento le decían Yuli y gracias a no pocos esfuerzos superé todos y cada uno de los preconceptos que tenia y comencé a llamarla así hasta que me apropié del nombre. Ahora ese conjunto de letras, ese sonido, no estaban poblados de ideas y cosas sino que habían sido despojados de todo para completarse con su presencia. 

Yuli nunca fue una amiga cercana, ni siquiera me atrevería a llamarla amiga. La conocí en la facultad, era amiga de una amiga de un amigo y esas cosas que nunca terminan por aclararse pero que poco importan. Cada tanto con Yuli nos cruzábamos en el bar o en la biblioteca y se acercaba, estábamos unos días compartiendo horas de estudio y luego volvía la distancia. En esa época no había celulares y apenas algunos tenían un email. No existían las redes sociales y el sostén de los vínculos era más trabajoso que ahora. Pedir un teléfono a alguien era bastante más osado, además requería luego hacer la llamada y hablar, o justificar un encuentro y hasta ese momento uno no tenía mucha información de la persona.Nunca me atreví a pedirle su número, entonces Yuli entraba y salía de mis días en un ciclo dictado por el azar. Yo hacía esfuerzos por modificar ese azar y supongo que ella tampoco, y si así fue, jamás lo noté. 

Durante años no la vi hasta que hubo un episodio puntual, algunos años después de dejar facultad. Había empezado mi trabajo de corrector y no veía nada que me pudiera aportar el estudio, los docentes que tenía me resultaban poco interesantes y lo que me restaba de carrera lo mismo. Pensé, y no me equivoqué, que lo que faltara podría aprenderlo por mi cuenta mientras conocía el mundo. Así fue que decidí viajar y trabajar donde pudiera. Uno de mis compañeros en la facultad tenía un pariente que era editor y luego de unos pocos contactos conseguí hacer una prueba de corrección sobre traducciones de textos técnicos.Tenía un buen nivel de inglés y mis estudios secundarios fueron en una escuela técnica, lo que me calificaba bien para la tarea. Cobraba poco, los trabajos tenían fecha de entrega más o menos lejanas en el tiempo y las correcciones eran aprobadas casi en su totalidad. Así fue como comencé en el negocio que resultaría clave en mi vida. Podía viajar, hacer las correcciones en cualquier lugar, recibía por correo las pruebas de impresión, hacía mi trabajo y enviaba por correo las correcciones. Cuando Aníbal, el editor, tuvo que adoptar el correo electrónico como herramienta las pocas ataduras y complicaciones que tenía desaparecieron y ya no podía imaginarme haciendo otra cosa.Así fue como un día llegué a Cochabamba en Bolivia. Frente a la Plaza de Armas, habitan varios negocios bajo las arcadas, entre ellos los de cabinas telefónicas. Fui a una de ellas para hacer una llamada a la editorial y decirles que mi estadía en La Paz, que había sido pactada con anterioridad, era cambiada para quedarme allí y arreglar los datos postales necesarios para nuestros intercambios. Al salir de la cabina, haciendo la cola para pagar vi delante mío a una mujer. No me tomó más de unos segundos saber que era Yuli. Me sorprendió mi velocidad para identificarla, si bien su aspecto no había cambiado mucho, hacía tiempo que no la veía y la sensación de reconocerla tan rápido me dejó perplejo. La vi pagar su consumo y salir hacia la plaza, la busqué allí hasta encontrarla en un banco y me senté a su lado, sin decir nada

- Estas igual -me dijo- Te vi hablar en la cabina y te reconocí al instante.

Su mirada se dirigía a algo con lo que jugaba en sus manos, alguna ficha o moneda. Tenía una sonrisa muy pacífica y su tono de voz era muy relajado.

- ¿Qué haces en Cochabamba?

- Estoy trabajando para Aníbal ¿te acordás? En unos meses me encuentro con un amigo en Machu Picchu y decidí quedarme aquí para terminar un trabajo y luego seguir viajando. 

Me explicó que esa tarde estaba ocupada pero que le gustaría ponerse al día y charlar un rato. Me preguntó si podría encontrarme con ella al atardecer en ese mismo banco. Desde esa tarde y durante los cuatro días subsiguientes pasamos todo el rato juntos. Dormí en su casa todas esas noches, un departamento pequeño en un primer piso cerca de la plazaSucre. El quinto día a mediodía me dijo que se iba a La Paz y que no sabía cuándo volvería. Me pareció por demás natural en ese momento. Me ofreció quedarme en esa casa lo que dure mi estadía en Cochabamba y así fue. Cuando meses después marché a Machu Picchu, simplemente cerré la puerta y me fui. No la volví a ver hasta que entré por ese pasillo. En un cajón de mi escritorio aún tengo la llave de la puerta del departamento.

***

La casa era un PH remodelado bastante bonito. El patio interior había sido cubierto con un techo vidriado y casi todos los ambientes se habían abierto para despejar el camino. Lo 4que antiguamente era un lavadero había sido convertido en una moderna cocina y estaba, en ese momento, saturada de gente preparando bebidas o buscando algo para picar. Yuli nome había soltado la mano desde que pasé el umbral y cuando entramos a la casa me señaló una arcada que daba a uno de los ambientes con la intención que me dirigiera a ese lugar.Encontramos un sillón libre y allí nos tiramos. No sé si fue la posición, el descanso luego de caminar, o la satisfacción de haber logrado entrar a esa fiesta que había olido desde la calle, pero mi mente se detuvo por un momento, respiré dos veces profundamente y comencé a repasar los hechos. Me resultaba por demás increíble. Ví a Carrie con su cara iluminada por la pantalla del teléfono mientras Jotacé le acercaba un vaso con algo para beber. Hasta hacía unos minutos esas personas eran ajenas a mi vida y ahora las conocía un poco aunque sea, había logrado entrar a la fiesta y una noche que estaba a minutos de terminar vio extendida su vida por unas horas más. Sin embargo ninguna de esas cosas eran comparables a la sensación que tenía al sentir la piel de la mano de Yuli en la mía. Las palpitaciones que tuve cuando la vi aún resonaban en mi pecho. En un rapto de lucidez entendí que mi mente iba a zozobrar y necesitaba flotar un rato a solas para procesar el momento y poder navegarlo.Salté del sillón como un resorte, dibujé una sonrisa que salió desencajada y expliqué que iba al baño. Mientras buscaba ese cuarto, pensé seriamente en salir por la puerta y huir.

El cuarto de baño era gigantesco, en blanco y negro. Había sido reconstruido recientemente, habían elegido armarlo con elementos que parecían de otra época a pesar de ser nuevos. Los azulejos eran blancos rectangulares, con una guarda negra. El piso, damero en blanco y negro, me recordó a la casa de mis abuelos. El lavabo era desproporcionado en sus dimensiones, podría haber bañado a un niño allí dentro. Estaba sostenido por una columna de cerámica facetada que lo presentaba tan bello que daba pena utilizarlo. Todo tenía ángulos rectos o medios rectos, era realmente hermoso, parecía estar sumergido en un film de los años cincuenta. A un lado, una bañera blanca con cuatro patas de león perfectamente esmaltadas. El único elemento que no era blanco o negro era una estantería de mimbre que contenía toallas blancas y canastos cúbicos, también de mimbre, conteniendo los objetos de perfumería que normalmente se encuentran en el baño. Estaban escondidos allí para que no interrumpieran la uniformidad estética con que había sido creado el cuarto. Mi aspecto y mis ropas no encajaban en lo más mínimo.

Me miré al espejo y pensé qué creerían de mí mis antepasados sí me vieran en ese momento. El veredicto fue positivo y eso me permitió tomar la caña del timón firmemente y gobernar la embarcación. Un golpe de suerte me había sido regalado y no estaba entre las opciones desperdiciarlo. Vi el agua mezclada con mi orina fluir por el inodoro, vi como se llenaba de una carga nueva y recuperaba su pulcritud, caminé al lavabo y me lavé la cara dos veces. Hice un buche para enjuagarme la boca y repasé todas las salpicaduras con la toalla que doblé y colgué de una argolla metálica que servía de toallero. Me producía escozor dejar ese santuario desordenado.

Al salir del cuarto de baño estaba transformado, mi aplomo era total y podía sentir como me apropiaba de mi ser, de la noche y del azar. Pasé por la barra que separaba la cocina del estar y haciéndome el canchero miré a una señorita que estaba por entre las botellas y le pedí un trago, sonrió divertida, tomo dos botellas cualquiera, sirvió en un vaso, luego jugo de naranja y finalmente adornó la preparación con una hoja de menta. Y extendiendo el brazo cambió su sonrisa por una mirada retadora, mientras me alentaba con los gestos a beber aquello que yo había demandado y ella había construido. Entendí que no podía retractarme y simplemente tomé el vaso y le eché un trago. Era terrible, no imposible, pero terrible. Sonreí de costado como aprobando, la saludé elevando el vaso y marché hacia mi sillón, calculando los lugares donde podría dejar el vaso.

Mi sorpresa fue total cuando a la distancia, vi en el sillón sentada a Yuli con la mujer del colectivo, charlando animadas y un poco ajenas a la situación. Estaban sentadas de costado y quedaban enfrentadas, parecían ser grandes amigas, pero esa teoría partió por tierra cuando Yuli le acarició la cara y la besó. Todo el aplomo que había ganado se había esfumado, el vaso corría lentamente por entre mis dedos y dentro de pocos centímetros experimentaría una caída libre que terminaría, fatal y súbitamente contra el piso de cemento alisado. Había sido un beso pequeño, muy tierno y sentido. Mientras miraba estupefacto la escena perdí la noción de mi entorno y solo sentí el vaso perderse entre mis dedos. Intenté rescatarlo pero solo atiné a capturarlo a media caída, volcando la totalidad de su contenido y haciendo una escena.

Salí disparado hacia la cocina a buscar un trapo pensando qué me estaba pasando, estaba dando pantocazos contra cada ola que aparecía. La gente no parecía haberse percatado de mi accidente y todo a mi alrededor continuaba inmutable. Dejé el vaso sobre la mesada y volví sobre mis pasos, intentando alcanzar el sillón cuando en un giro detrás de una columna quedé de frente con Yuli, detrás suyo la mujer del colectivo, las dos me miraban y creí que iban a increparme por estar haciendo un escándalo. Yuli trajo a la mujer hasta delante mío y comenzó a presentarme, pero fue interrumpida rápidamente:

- Marce, él es Enrico...

- ¡Hola! -dijo Marcela- ¡Por fin!

- ...¿Por fin? ¿Se conocen?

Estaba pronto a dar explicaciones cuando comprendí que no había nada para explicar, aún así me sentí como si fuera interpelado por mi pareja al descubrirme con ‘otra’ en pleno acto.

(Continuará...)

miércoles, 9 de diciembre de 2020

El Ascensor





Podrı́a parecer obvio para algunos, pero sé que otros me van a entender. Cuando se viene de una casa y uno pasa a vivir a un edificio aprende los códigos del ascensor. Puede parecer un poco simple, hasta quizás trivial, pero hay todo un esquema. Primero no debemos confundir lo mundano de un ascensor habitacional, funcional en un edificio de viviendas, con uno que se utiliza en los edificios comerciales o de oficinas. La gente cuando está de paseo o trabajando, se comporta correctamente, tiende a ser eso que nos resuena en algún lugar de la cabeza y que suena a ser civilizado. Los espacios de vivienda no son civilizados, o no al menos cuando son compartidos.

Un ejemplo de esto es el espacio para depositar la basura. Algunos edificios gozan de esta comodidad. Es una pequeña puerta en algún lugar del pasillo en cada uno de los pisos donde podemos depositar nuestra bolsa que fue elegantemente construı́da con aquello que comenzó como un deseable alimento, envoltorio, y hasta repositorio, para mágicamente verse convertido en aquello que llamamos basura. La conversión es casi imperceptible. Tenemos una manzana en la mano, la vamos comiendo, girando buscando la porción correcta donde efectuar nuestra mordida, sentir esos jugos deliciosos correr por nuestras comisuras y extasiar nuestras papilas gustativas. Esa manzana, esa manzana es deliciosa. Una mordida más, luego otra y de pronto, tenemos basura en nuestra mano. ¿Cómo llegó allı́? ¿Cómo es que ese ‘tronco’ de pronto es otra cosa que hasta ese momento no era? Pues allı́ lo arrojamos, en la bolsa esa, la que tiene un montón de cosas que pasaron a ser basura, cosas detestables, jugos asquerosos, ‘cosas que manchan’.

Pero esa transformación no termina allı́, estamos en casa y no soportamos ‘la bolsa’ ¿qué es eso? ¿por qué está allı́? la quiero afuera. Entonces los restos de civismo que pueden itentar mantenerse apegados a nosotros salen disparados y pensamos en sacar eso ya mismo. Bueno, mi querido habitante de edificio, usté sabe que hay reglas. La puerta porta un precioso cartel que las reza, como si un Martı́n Lutero de la pordiosidad hubiera demandado un justo tratamiento de esos deshechos, de eso que no queremos más. Es que vea usted, no podemos sacar las bolsas a las diez de la mañana si quien las recolecta, lo hará casi diez horas después. El odor, acumulado durante ese perı́odo atraerá moscas, cucarachas y otros insectos, además de, posiblemente, desangrar esos jugos detestables que mancharán el piso que el mismı́simo recolector seguramente deberá limpiar.

Entonces ponemos unas reglas:

• La basura debe colocarse en este lugar entre las 19hs y las 20hs
• Evite dejar bolsas rotas o que gotean
• No deben dejarse cajas de pizza sueltas o telgopores de electrodomésticos
• ...

Las reglas parecen absurdas, más allá del convenio del horario el resto son una enumeración de obviedades que es necesario enunciar para poder cargar la consciencia de los usuarios con suficiente culpa que impida la violación de la norma dictada por el sentido común. Pero no vengo a hablarles de basura, no, sino de un espacio no reglado, más que en su capacidad: el ascensor. El ascensor goza de ciertas libertades, aún encajonado en ese increı́ble volumen que ocupa dentro del edificio sube y baja, casi que deja que el azar elija por él qué es de su voluntad, como si no nos pasara lo mismo a nosotros. Pero la máxima libertad, es no tener reglas en un mundo reglado. El ascensor habita en un mundo de reglas y sólo dos le impactan. No se puede fumar y solo cierta cantidad de gente puede habitarlo de a momentos. Pero tampoco quiero discutir estas cosas, sino que quiero contarles que pasó ese dı́a que comprendı́ que habı́a reglas a cumplir. 

Verán, luego de años de estar casado, habitar una casa con mi mujer y mis hijos, un dı́a todo terminó. No fue de pronto ni mucho menos, simplemente las cosas terminaron y yo debı́ buscar un nuevo lugar y ese lugar tenı́a la forma de un departamento. No voy a comentar los pormenores de la adaptación, pero este, este es un detalle que es necesario tocar. Vivı́a yo en una torre de catorce pisos, cada uno con cuatro departamentos. No hace falta que hagamos cuentas: era mucha gente. Habrı́an pasado unos meses de mi separación cuando una compañera de trabajo, también separada, comenzó a dejar pistas que hasta el más dormido de los lirones podrı́a husmear. Esa señora querı́a una compañı́a. Aclaremos los tantos, no era ni un nuevo marido, ni un nuevo novio ni nada. Solo un quién. Un alguien. Y yo fui ese alguien. 

Luego de dos o tres consultas con la almohada decidı́ levantar una de las cartas arrojadas a la mesa y cantar truco. Verán, no es válido aquı́, como en ese juego, mentir. Si uno levanta las cartas, luego debe responder. No se juega con las emociones o necesidades de una mujer, mucho menos madura, mucho menos con una que ya se cansó de juegos y dió pista a la aventura.


Entonces antes de pensarlo bien, de acomodar el escenario y pensar que acto se desarrolları́a sobre el mismo, vı́ invitarse a la escena a la señora, reclamando espacio, solo por una noche. Nada de instalarse.


Debo reconocer que me encontré un poco nervioso, otro poco desconcertado y un bien cagado de que deberı́a hacer o suceder. Pero entonces salió el instinto en mi ayuda, no podrı́a ser tan difı́cil, yo tenı́a hasta, si querı́a explotarlo, el rol pasivo en el asunto. Sólo habı́a hecho un gesto que fue contestado. Luego las cosas avanzaron más o menos como imaginaba hasta que en un momento de la transacción no sabı́a si estaba invitando a alguien a mi casa, si estaba jugando a la seducción o si estaba comprando un auto. Pero mejor ser seguro que estarlo. Y allı́ me lancé, aceptando condiciones y propuestas que se formulaban como si fueran propias, para ser aceptadas como si fueran ajenas.


Dos gotas de perfume, quitar la ropa seca del sillón, lavar los platos en la cocina y sobre todo, tener lista la habitación. Por un momento creı́ tener todo en mis manos. Creı́ poder controlar la situación. Pero es la seguridad lo que mata, no la humedad como dicen. Es uno actuando como un galán el que tropieza hasta que el árbitro levanta el banderı́n para declararnos en orsai.

Sonó el timbre y no podrı́a estar más dispuesto, bajé los diez pisos mirándome al espejo del ascensor buscando alguna mácula, algun error, pero todo me decı́a: ‘sos un león’.

La caminata hasta la puerta me aventajaba, es fácil ver desde dentro hacia afuera peromuy difı́cil al revés. Allı́ estaba, maquillada lo justo, peinada sin esfuerzo y vestida para cualquier batalla que se presentara. Sólo pensaba en su ropa interior. La llave entró sin esfuerzo en la cerradura que con un sonido seco la despertó, giró como sorprendida y miró hacia mi, sonrió y me dijo: ”No sé que hago acá, yo no hago esto nunca”

De pronto mis sentidos se agudizaron, la luz, el sonido, el momento, todo me pertenecı́a y como un predador envalentonado, caı́ sobre mi presa con la seguridad de tenerla devorada antes de siquiera haber abierto las mandı́bulas. La saludé con un tierno beso en la mejilla, le susurré al oı́do ”Yo tampoco, estoy nervioso”que fue la única verdad presente en esa noche. Y con una mano apenas apoyada en su espalda la dirigı́ hacia el ascensor.


En ese momento, el ascensor que habı́a utilizado fue llamado y perdı́ un poco la entereza, ahora debı́amos esperar un poco la llegada del otro. Sólo cuatro pisos. Eso era. Esperar cuatro pisos. La puerta metálica reluciente se abrió e ingresamos. Sonreı́ al verla girar hacia mı́, pero pronto comprendı́ que habı́a un problema, su rostro estaba transfigurado. 

El último usuario habı́a descargado los gases de su vientre al utilizar el ascensor. Su depósito, fétido, colmaba el espacio cerrado y yo solo atinaba a ver los pisos lentamente cambiar en el display. Piso dos, no aguantarı́a ni un segundo más y faltaban aún ocho pisos. Piso tres, la veı́a ponerse verde e intenar sonreı́r, como queriendo darle un lustro jocoso al evento. Piso cuatro fue donde todo pasó a mayores. Habı́a, además del olor reinante en la  cabina, algún tipo de fuente que emanaba los olores, algún vestigio, alguna consciencia de un accidente, de algo no resuelto, aún presente. Simplemte no pude con mi cuerpo y vomité. Subimos ası́ hasta el décimo, encerrados en un olor nauseabundo e insoportable. Mi único tino fue ofrecerle la ducha y lavar sus ropas. De a poco la noche fue tomando otro color y pronto comencé a pensar si serı́a posible cambiar de trabajo. Tiré un colchón en el living y pasé la noche allı́, pensando si debı́a ir a la habitación y tantear un espacio. La mañana siguiente la encontré vestida con un pantalón y una remera mı́a, su cara indicaba claramente que no debı́a decir nada. Bajamos por las escaleras sin decir una palabra y al llegar a la puerta simplemente me miró y se fue. Recordé que el dı́a anterior, no habı́a sacado la basura.

sábado, 14 de noviembre de 2020

Una Fiesta (en Balvanera)




Una noche de verano caminando por Moreno, al cruzar la calle Pichincha, escucho el acustizado rugido del león. Iba de regreso a mi casa y estaba agotado. Hay noches en las que luego de beber unas copas y fumar tabaco la sensación de suciedad que tengo en el cuerpo sólo puedo quitármela caminando, transpirando y moviendo los músculos. Normalmente llego a mi casa y me baño, bebo una cantidad considerable de agua para comprar a futuro una resaca más amable y me tumbo en la cama desnudo y dejo que la tierna mano de la noche me lleve al último paseo.

Recuerdo cruzar la calle y sentir el llamado del sonido, pero seguí caminando y a los pocos metros los edificios volvieron a su charla habitual: un ventilador de techo detrás de un par de postigos entreabiertos, el goteo sobre la vereda de una planta recién regada en algún balcón o, tal vez, simplemente un chorro de orina de algún habitante de balcón con pocas ganas de desplazarse hasta un baño, un sonido lejano de algún coche pasando y finalmente ese silencio que no existe en la ciudad. Ese constante sonar de algo que vibra. 

Como ya dije, estaba agotado, pero la angustiante idea de volver a mi casa y no poder dormir me arrebató el pensamiento y simplemente decidí recular. Una vez más repetiría una mímica que tantas veces hice. Volvería sobre mis pasos, detectaría el origen del ruido, analizaría la posibilidad de ingresar como si mi destino fuera en ello y finalmente al momento de encontrar la solución al dilema me preguntaría si sería correcto, o qué podría hacer yo allí, daría vueltas en la puerta y hasta rechazaría alguna invitación de alguien que me viera rondando el evento. Luego volvería a mi casa, ejecutaría el rito de purificación y mis últimos pensamientos antes de dormirme serían proyecciones alucinadas de posibles resultados de escenarios imaginarios enfrascados en el contexto de esa hilarante fiesta, de ese universo desconocido, de todo eso que puede ser pero no es.

Y allí fui, mirando mis huellas invisibles sobre veredas antiguas. No voy a mentirles, había algo de emoción en el pecho. Podía sentir cómo estaba excitado por permitirme hacer una locura, por salirme del libreto y dejar la hoja en blanco, entregar la lapicera a un desconocido y dejar que escribiera lo que devendría de ahora en más de mi personaje en el libreto de esa noche. 

Todas las puertas estaban a oscuras, pero claramente había un sonido de fiesta y gente en algún patio. No era una terraza, el sonido hubiera sido más claro, más intenso, con más brillo. Éste estaba apagado, pero no distante, sino ocultado, escondido detrás de un algo. Pensé en alguna de las posibles ubicaciones. Un patio interno de un PH, estaría a unos veinte o treinta metros de la línea municipal, además la construcción sobre nivel le impediría al sonido viajar libremente, había varias fachadas en esa cuadra que podían satisfacer esa hipótesis y comencé a envalentonarme, a mirar reflejos en las paredes, a entender si el sonido venía de allí o era un rebote contra algún muro. En un momento tiré por la borda la teoría ya que vi un departamento del contra frente, sería un cuarto o quinto piso, con una luz intensa que titilaba y una figura humana que iba y venía por una ventana lateral. Pero el sonido no provenía de allí y agucé los sentidos. Era alguien desvelado mirando televisión y posiblemente yendo a la cocina de su casa a buscar algo para comer. Pero entonces vi mejor las luces en la ventana. No eran la televisión, eran el reflejo de algo que sucedía en la propiedad vecina. Miré el frente y encontré tres puertas, esas puertas de madera con una pequeña ventana oblonga bloqueada por una delicada reja. Ahora debía montar guardia y esperar mi oportunidad. O simplemente marcharme a mi casa a dormir. 

La investigación no había terminado, tenía a todos mis sospechosos, la escena del crimen y hasta algún testigo perdido, pero me faltaba el arma asesina para poder presentar al juez mis pruebas y rendir el caso. No había determinado cuál de las tres puertas daba al pasillo con el camino dorado, ni tenía, de querer ejecutarla, una excusa a mano para poder escurrirme. Y mientras deliraba pensando conversaciones fantasmas con seres imaginarios que entraban y salían, me encontré parado delante de la puerta del medio, mirando las vetas de la madera bajo el barniz, las capas de pintura negra cubriendo a sus antecesoras en las metálicas costillas de la reja. Miré la parte baja de las puertas para intentar descubrir un resplandor esclareciente, pero obtuve contundentes resultados negativos. Y escuché a alguien atrás mío, con vos temblorosa que me dijo:

- Uriel ¿sos vos? 

Me giré y vi a un muchacho de unos veintipico de años, con una botella de vino en la mano y un manojo de pertenencias en la otra: llaves de un auto, un celular y un paquete de cigarrillos. Era un ser físicamente disminuído, alguien a quien si bien no le parecía faltar buena alimentación, su delgadez lo dejaba cercano a la enfermedad. A su lado, una señorita de una talla apenas menor a la de él, como si fuera posible, portando un rostro de espanto que no sosegaba la mirada implorante de una respuesta afirmativa. Un metro más atrás, se veía una tercera figura que la oscuridad y las sombras de la noche me impedían determinar. Pero no era difícil entender que eran el origen del mencionado espanto, del tremor en la voz que me había llamado por un nombre con el que jamás me habían referenciado. 

- ¡Hey! Pensé que llegaban más tarde, ya toqué timbre, estoy esperando que me abran.

La señorita se acercó a saludarme y murmuró un nombre, entendí que se estaba presentando y a esta altura no sabía si era partícipe voluntaria y consciente de la escena que estábamos representando con su acompañante. Pero con tono firme y la mejor de mis caras les pregunté si el tercer elemento presente era parte del grupo, pero antes de obtener una respuesta se dió media vuelta y se marchó.

- ¿Tardarán mucho? - me preguntó la señorita.

- ¿Quienes?

- Los que vienen a abrir la puerta ¿estás hace mucho?

Dí por respondidas mis dudas y miré al muchacho con una pequeña sonrisa y una leve inclinación de mi cabeza. Extendí mi mano y me presenté:

- Enrico, no Uriel, pero es igual de italiano el uno que el otro.

- Jotacé, ella es Carrie.

Debo decir que a estas alturas los seres humanos menores de treinta años son para mi una incógnita cultural. No los entiendo. Ni sus nombres, ni sus costumbres ni sus cuitas. Mi perplejidad debe de haber aflorado contundentemente en mi rostro ya que ella, con un claro gesto de hartazgo me explicó que su madre era fanática de Sex and the City y la luz se echó sobre lo antes habitaba en lo oscuro. La serie está protagonizada por Carrie Bradshaw, de ahí, el nombre. Jotacé se sintió compelido a explicar el suyo: Juan Carlos. La distancia entre los nombres y sus orígenes me llevó a pensar en cómo se habrá sentido el traductor, si es que hubo, de las primeras incursiones de hombres europeos en América. Imaginé a los Taínos haciendo preguntas y gesticulando, para luego caer en el silencio y mirar impávidos a este hombre, que a su vez era interpelado por la mirada de su comandante que exigía una explicación.

Jotacé rápidamente le explicó el escenario a Carrie que al comprender que yo era, al igual que el otro ser que se había alejado, un completo desconocido, hizo un paso atrás y miró horrorizada a Jotacé entendiendo que había hecho una apuesta sin consultarla, pero que en caso de perderla ella también debería pagar.

Carrie tenía una cartera de esas que han sido siempre un misterio para mi. Pequeñas, de aproximadamente el tamaño de una cartuchera escolar. Intentar alojar cualquier cosa allí dentro que no fuera aire frustraría al más obstinado. Sin embargo Carrie sacó un celular y comenzó a golpear el teclado con una velocidad en sus dedos pulgares reminiscente a los telares de Liverpool en su apogeo, cuando comenzaba a dudar cuales eran sus intenciones con dicho accionar, volvió a meter el dispositivo en la cartera y con un aire suficiente nos dijo que pronto vendrían a abrirnos a la puerta. 

Debo recordarles en este momento que la atención a los más mínimos detalles era mi tarea, escuchar la utilización del plural del verbo me hizo pensar si esta situación ya me había bastado para franquear la puerta, o si sería interpelado al momento de intentar inmiscuirme. Mientras pensaba todo esto Jotacé intentaba cambiar la energía que reinaba y hablaba cariñosamente con Carrie, yo esperaba pacientemente a que la puerta se abriera y calculaba distintas ejecuciones: si entraba detrás de ellos o no, si debía jugar con la posibilidad de que quien abriera la puerta podía ser alguien que no nos conociera y no estuviera en condiciones de evaluar accionares, podía no ser el dueño o la dueña de casa, en ese caso mis chances aumentarían. Por otro lado pensaba que tal vez Jotacé y Carrie suponían que yo ya estaba invitado a la fiesta y que simplemente no había llegado a timbrar cuando fui interrumpido por ellos, situación complicada para mi ya que ellos no intentarían siquiera colaborar en el asunto. Así pues pasaron unos momentos hasta que se escuchó el sonido del herraje y la cerradura y supe que todo esto pronto se definiría.

Para el siguiente acto, debo hacer un breve paréntesis contextual.

Durante los años que viví en la calle Moreno, fui asiduo consumidor de las líneas de colectivo 2 y 103 que me llevaban a distintos destinos y me dejaban de vuelta a pocos metros de la puerta de mi casa. Muchos de estos viajes los realizaba rutinariamente: misma hora, mismo día, mismo destino o mismo origen. En el 103 solía encontrarme con una mujer de aproximadamente mi edad con la que, cuando yo descendía en el cruce con la avenida Entre Ríos, intercambiábamos alguna mirada. Incluía yo, a veces, un gesto con mi cabeza y ella respondía con una sonrisa, pero nunca, nunca, la cosa pasó de allí.

Finalmente la puerta se abrió y quien ejecutaba la tarea quedó oculto entre las sombras y el paño de puerta. Escuché una voz femenina que saludó a Carrie efusivamente e invitó a pasar, Jotacé estaba bastante más percatado de mi realidad de lo que yo hubiera imaginado y dejando pasar a Carrie me miró y cabeceó hacia el pasillo en un claro ademán de invitación, abrió el brazo con la mano que sostenía la botella como indicando el camino y a su vez mostrándome que debía pasar al siguiente. Estos gestos, las veces que se me han dado, me han impreso un registro muy bello del ser humano, ese entendimiento, ese agradecimiento, esa camaradería que puede existir entre dos completos desconocidos que simplemente han visto el mismo destello y lo saben.

Subí el peldaño y comencé a preocuparme por mis apariencias, al fin y al cabo, yo estaba camino a mi casa luego de una noche que si bien no había sido muy activa, había tenido sus momentos. Por no decir que la caminata podría haber perjudicado mis fachas y mis aromas. La vertiginosidad de la situación me había relevado de prestar atención a elementos que ahora se volvían constitutivos de mi ser para los roles que posiblemente quería ejecutar. Por otra parte la mesura me llevó a tomar dimensión del momento: estaba allí de regalo y sin miramientos. Desde el momento en que había decidido volver sobre mis pasos la frase había sido pronunciada: "Alea jacta est" y el cruce del Rubicón quedó pulverisado por las suelas de goma de mis zapatillas.

Pues entonces sin más, me dejé fagocitar por el momento, el pasillo, la oscuridad y la noche. Hice dos pasos y sentí como me tomaban por la muñeca amablemente, a mi lado pasó Jotacé intentando alcanzar a Carrie que había salido disparada hacia la fiesta y al seguir con la mirada el brazo de la mano que me sujetaba descubrí un rostro apacible que sonreía y me trasmitía calma. 

- Hola Enrico, hacía muchos años que no te veía. 

Sentí en mi estómago el vacío que solo el vértigo y el terror estimulan, pero no había nada que temer. 

Continuará...



jueves, 22 de octubre de 2020

Un Compás


Una vez, cuando tenía once años, le regalé un compás a un compañero mío de la escuela. Es un regalo bastante malo para un niño de once años. El festejado se llamaba Héctor y para ese entonces, el nombre a mi me reflejaba un nombre adulto, de otra época. Luego vendrían lecturas de algunos autores griegos clásicos y me encontraría el nombre en la Ilíada. Sería un príncipe, un guerrero, sobre todo un hombre de la cultura helénica y como tal, desde mi adoctrinada cultura: un hombre superior en todos y cada uno de los sentidos. Pero mi Héctor era un niño de once años, que vivía bastante más lejos de la escuela que yo y que tenía algunas dificultades para socializar.

Un día fui invitado al cumpleaños de Héctor y debía, por lo tanto, conseguirle un regalo. Recuerdo que fue una de las primeras veces que mi madre me dejaba hacerme cargo de algo. No era una actividad plena de responsabilidades pero así lo sentí yo. Tenía un presupuesto, un destino y un objetivo, debía ir a la galería de negocios que había en la esquina de mi casa y, en la librería, buscar un regalo apropiado. Era una de esas librerías que tienen un poco de todo. No había ninguna escuela enfrente ni siquiera en las manzanas aledañas. Era una de esas librerías que debía tener mapas, repuestos de cartuchos de lapiceras pero también algún juguete, papeles decorativos, tijeras con la punta no redondeada y hasta vasos plásticos y cotillón de cumpleaños. Allí debía encontrar yo, mi regalo para Héctor. ¿Pero cómo encontrarlo?

La dinámica del acto de regalar me era, como es de esperar de un niño de 11 años, bastante ajena. Hay actividades que pueden tomarse un poco a la ligera, la persona que crea que regalar es una de ellas, pues está equivocada. Hay todo un gesto detrás de ello. Uno se expone, se conjuga con el otro. Desde un profundo desinterés en el regalado hasta cuidar el más mínimo detalle: qué cosas le gustan, la propiedad del mensaje enviado con el regalo, a qué nivel de la persona llega. ¿Es un regalo superficial? ¿Es para estar presente todos los días? ¿Es un regalo que podría incomodar?

Uno de las formas de regalar requiere observación y atención. Si uno desea dar en el clavo con su regalo, éste debe ser una cosa premeditada, buscada en un listado de opciones que se construye con aquella observación, que se edita con la atención en los detalles. La elección del elemento de la lista, ya sabido su pertenencia al dominio de los aciertos, constituye nuestra expresión, es la mera exposición de nuestra volición sobre ese vínculo que hay entre el que regala y es regalado. Todos pueden necesitar una espátula en su cocina, pero no es lo mismo que la regale aquel que escuchó el comentario en un almuerzo familiar y lo recordó, que aquel que compartió un momento de preparación de una comida entre dos, donde se están evocando deseos de reincidir y poder decir, en medio de la aventura repetida: “podemos usar la espátula que te regalé”.

Pero yo no estaba mirando a Héctor, me estaba mirando a mí mismo. Imaginé, erroneamente, que aquello pretendido por uno podía resultar satisfactorio para el resto. Si un niño de cierta edad desea una pelota, pues todos ellos lo deben desear. Mi deseo, era un compás.

Sé que varios comparten el mismo embeleso. Entrar a una librería y desearlo todo: lapiceras, lápices, escuadras de colores, gomas, bolígrafos, lápices acuarelables, papeles de distintos gramajes y cortes rústicos. Sé que algunos otros no lo comprenden, que no entienden de lo que hablo, pero es así.

Así fue que a los once años entré a una librería, con un manojo de billetes en mi poder, y mirando a diestra y siniestra no podía decidir. Los juguetes eran un timo, todos y cada uno de ellos, no servían más que para aplastar la imaginación con una carga de frustraciones insoportable que apuntaba con su rostro burlón a la ignorancia: un transbordador espacial con el nombre ‘Sputnik’, un camión minero con el logo de una empresa petrolera, pelotas plásticas que desconocían la existencia de la elasticidad disfrazadas con pinturitas que decían ‘Tango’ o ‘Etrusco’ y tenían el triskel de leones borroneado hasta la vergüenza. No había modo que mis ojos soportaran semejantes afrendas. Pero en el mostrador, debajo del vidrio superior, estaba la cajita plástica que protegía a ese elemento que había transitado las eras y los milenios, que desde su simplicidad y efectividad reclamaba un lugar más justo en la lista de inventos del ser humano.

No cabían dudas, ese era el regalo. Como ya dije antes, no estaba pensando en el regala- do, sino en el momento que transitoriamente ese objeto sería mío, bajo la forma de regalo, y así poder poseerlo. Era metálico y tenía su propio portaminas. Nada de esos artilugios desconfiables que traían una deformación estructural que permitía sostener un bolígrafo y ajustarlo mediante una rosca plástica disparatada para su propósito. No, este era honesto, no pretendía alcanzar horizontes que no tenía asignados, su tarea era simple, ser un efectivo dispositivo trigonométrico, que al bailar sobre una de sus patas le permitiría a la otra trazar curvas, las más perfectas, al punto de poder reconciliar al final de su recorrido el trazo que había comenzado como punta huérfana y solitaria, ese acto final uniría esa línea con sigo misma para formar una circunferencia perfecta, del radio deseado y en el momento de ver esos trazos confluir, darle 
un instante de satisfacción, de gozo, a aquel que está dibujando.

Con los años fui a una escuela industrial y aprendí dibujo técnico. Allí el compás es amo y señor de la materia, sirve para trazar, medir, calcular, transportar. Creía conocer las maravillas de mi amigo pero su repertorio resultó tan deslumbrante que me cegó. Años después de haber hecho el regalo seguía pensando: ¡qué buen regalo que le hice a Héctor!

Fue pasando el tiempo y con él vinieron más experiencias, más personas y sobre todo, más conocimiento. Aprendí de las distintas dimensiones con las que se puede vivir una vida y como en algunas de ellas, un compás alcanza valores máximos. Pero también como en otras carece completamente de sentido.

El día que fui a la casa de Héctor era uno de los últimos días de clase de ese año, ya hacía calor y el sol brillaba fuerte. Recuerdo un muro blanco, incandescente, reflejando la luz del sol de la tarde hacia el interior de la casa. Eramos varios corriendo y jugando, mirando y tomando jugo. Dejé mi regalo sobre una mesa que estaba a la entrada junto con todos los otros regalos, tenía una tarjeta con mi nombre. Después de una interrupción para soplar las velitas y comer la torta lo instaron a Héctor a abrir los regalos. En un momento tomó el mío y rompió el envoltorio, en medio del jaleo incesante de la sala, de los gritos de los otros niños, de algunos adultos preguntando qué era, vi la cara de Héctor levantarse y mirarme y ya nunca más tuve que buscar esa palabra para entender su significado: perplejidad.