sábado, 14 de noviembre de 2020

Una Fiesta (en Balvanera)




Una noche de verano caminando por Moreno, al cruzar la calle Pichincha, escucho el acustizado rugido del león. Iba de regreso a mi casa y estaba agotado. Hay noches en las que luego de beber unas copas y fumar tabaco la sensación de suciedad que tengo en el cuerpo solo puedo quitármela caminando, transpirando y moviendo los músculos. Normalmente llego a mi casa y me baño, bebo una cantidad considerable de agua para comprar a futuro una resaca más amable y me tumbo en la cama desnudo y dejo que la amable mano de la noche me lleve al último paseo.

Recuerdo cruzar la calle y sentir el llamado del sonido, pero seguí caminando y a los pocos metros los edificios volvieron a su charla habitual: un ventilador de techo detrás de un par de postigos entreabiertos, el goteo sobre la vereda de una planta recién regada en algún balcón o, tal vez, simplemente un chorro de orina de algún habitante de balcón con pocas ganas de desplazarse hasta un baño, un sonido lejano de algún coche pasando y finalmente ese silencio que no existe en la ciudad. Ese constante sonar de algo que vibra. 

Como ya dije, estaba agotado, pero la angustiante idea de volver a mi casa y no poder dormir me arrebató el pensamiento y simplemente decidí volver sobre mis pasos. Una vez más repetiría una mímica que tantas veces hice. Volvería sobre mis pasos, detectaría el origen del ruido, analizaría la posibilidad de ingresar como si mi destino fuera en ello y finalmente al momento de encontrar la solución al dilema me preguntaría si sería correcto, o qué podría hacer yo allí, daría vueltas en la puerta y hasta rechazaría alguna invitación de alguien que me viera rondando el evento. Luego volvería a mi casa, ejecutaría el rito de purificación y mis últimos pensamientos antes de dormirme serían proyecciones alucinadas de posibles resultados de escenarios imaginarios enfrascados en el contexto de esa hilarante fiesta, de ese universo desconocido, de todo eso que puede ser pero no es.

Y allí fui, mirando mis huellas invisibles sobre veredas antiguas. No voy a mentirles, había algo de emoción en pecho. Podía sentir como estaba excitado por permitirme hacer una locura, por salirme del libreto y dejar la hoja en blanco, entregar la lapicera a un desconocido y dejar que escribiera lo que devendría de ahora en más de mi personaje en el libreto de esa noche. 

Todas las puertas estaban a oscuras, pero claramente había un sonido de fiesta y gente en algún patio. No era una terraza, el sonido hubiera sido más claro, más intenso, con más brillo. Éste estaba apagado, pero no distante, sino ocultado, escondido detrás de un algo. Pensé en alguna de las posibles ubicaciones. Un patio interno de un PH, estaría a unos veinte o treinta metros de la línea municipal, además la construcción sobre nivel le impediría al sonido viajar libremente, había varias fachadas en esa cuadra que podían satisfacer esa hipótesis y comencé a envalentonarme, a mirar reflejos en las paredes, a entender si el sonido venía de allí o era un rebote contra algún muro. En un momento tiré por la borda la teoría ya que vi un departamento del contra frente, sería un cuarto o quinto piso, con una luz intensa que titilaba y una figura humana que iba y venía por una ventana lateral. Pero el sonido no provenía de allí y agucé los sentidos. Era alguien desvelado mirando televisión y posiblemente yendo a la cocina de su casa a buscar algo para comer. Pero entonces vi mejor las luces en la ventana. No eran la televisión, eran el reflejo de algo que sucedía en la propiedad vecina. Miré el frente y encontré tres puertas, esas puertas de madera con una pequeña ventana oblonga bloqueada por una delicada reja. Ahora debía montar guardia y esperar mi oportunidad. O simplemente marcharme a mi casa a dormir. 

La investigación no había terminado, tenía a todos mis sospechosos, la escena del crimen y hasta algún testigo perdido, pero me faltaba el arma asesina para poder presentar al juez mis pruebas y rendir el caso. No había determinado cuál de las tres puertas daba al pasillo con el camino dorado, ni tenía, de querer ejecutarla, una excusa a mano para poder escurrirme. Y mientras deliraba pensando conversaciones fantasmas con seres imaginarios que entraban y salían, me encontré parado delante de la puerta del medio, mirando las vetas de la madera bajo el barniz, las capas de pintura negra cubriendo a sus antecesoras en las metálicas costillas de la reja. Miré la parte baja de las puertas para intentar descubrir un resplandor esclareciente, pero obtuve contundentes resultados negativos. Y escuché a alguien atrás mío, con vos temblorosa que me dijo:

- Uriel ¿sos vos? 

Me giré y vi a un muchacho de unos veintipico de años, con una botella de vino en la mano y un manojo de pertenencias en la otra: llaves de un auto, un celular y un paquete de cigarrillos. Era un ser físicamente disminuído, alguien a quien si bien no le parecía faltar buena alimentación, su delgadez lo dejaba cercano a la enfermedad. A su lado, una señorita de una talla apenas menor a la de él, como si fuera posible, portando un rostro de espanto que no sosegaba la mirada implorante de una respuesta afirmativa. Un metro más atrás, se veía una tercera figura que la oscuridad y las sombras de la noche me impedían determinar. Pero no era difícil entender que eran el origen del mencionado espanto, del tremor en la voz que me había llamado por un nombre con el que jamás me habían referenciado. 

- ¡Hey! Pensé que llegaban más tarde, ya toqué timbre, estoy esperando que me abran.

La señorita se acercó a saludarme y murmuró un nombre, entendí que se estaba presentando y a esta altura no sabía si era partícipe voluntaria y consciente de la escena que estábamos representando con su acompañante. Pero con tono firme y la mejor de mis caras les pregunté si el tercer elemento presente era parte del grupo, pero antes de obtener una respuesta se dió media vuelta y se marchó.

- ¿Tardarán mucho? - me preguntó la señorita.

- ¿Quienes?

- Los que vienen a abrir la puerta ¿estás hace mucho?

Dí por respondidas mis dudas y miré al muchacho con una pequeña sonrisa y una leve inclinación de mi cabeza. Extendí mi mano y me presenté:

- Enrico, no Uriel, pero es igual de italiano el uno que el otro.

- Jotacé, ella es Carrie.

Debo decir que a estas alturas los seres humanos menores de treinta años son para mi una incógnita cultural. No los entiendo. Ni sus nombres, ni sus costumbres ni sus cuitas. Mi perplejidad debe de haber aflorado contundentemente en mi rostro ya que ella, con un claro gesto de hartazgo me explicó que su madre era fanática de Sex and the City y la luz se echó sobre lo antes habitaba en lo oscuro. La serie está protagonizada por Carrie Bradshaw, de ahí, el nombre. Jotacé se sintió compelido a explicar el suyo: Juan Carlos. La distancia entre los nombres y sus orígenes me llevó a pensar en cómo se habrá sentido el traductor, si es que hubo, de las primeras incursiones de hombres europeos en América. Imaginé a los Taínos haciendo preguntas y gesticulando, para luego caer en el silencio y mirar impávidos a este hombre, que a su vez era interpelado por la mirada de su comandante que exigía una explicación.


Jotacé rápidamente le explicó el escenario a Carrie que al comprender que yo era, al igual que el otro ser que se había alejado, un completo desconocido, hizo un paso atrás y miró horrorizada a Jotacé entendiendo que había hecho una apuesta sin consultarla, pero que en caso de perderla ella también debería pagar.


Carrie tenía una cartera de esas que han sido siempre un misterio para mi. Pequeñas, de aproximadamente el tamaño de una cartuchera escolar. Intentar alojar cualquier cosa allí dentro que no fuera aire frustraría al más obstinado. Sin embargo Carrie sacó un celular y comenzó a golpear el teclado con una velocidad en sus dedos pulgares reminiscente a los telares de Liverpool en su apogeo, cuando comenzaba a dudar cuales eran sus intenciones con dicho accionar, volvió a meter el dispositivo en la cartera y con un aire suficiente nos dijo que pronto vendrían a abrirnos a la puerta. 

Debo recordarles en este momento que la atención a los más mínimos detalles era mi tarea, escuchar la utilización del plural del verbo me hizo pensar si esta situación ya me había bastado para franquear la puerta, o si sería interpelado al momento de intentar inmiscuirme. Mientras pensaba todo esto Jotacé intentaba cambiar la energía que reinaba y hablaba cariñosamente con Carrie, yo esperaba pacientemente a que la puerta se abriera y calculaba distintas ejecuciones: si entraba detrás de ellos dos o no, si debía jugar con la posibilidad de que quien abriera la puerta podía se alguien que no nos conociera y no estuviera en condiciones de evaluar accionares, podía no ser el dueño o la dueña de casa, en ese caso mis chances aumentarían. Por otro lado pensaba que tal vez Jotacé y Carrie suponían que yo ya estaba invitado a la fiesta y que simplemente no había llegado a timbrar cuando fui interrumpido por ellos, situación complicada para mi ya que ellos no intentarían siquiera colaborar en el asunto. Así pues pasaron unos momentos hasta que se escuchó el sonido del herraje y la cerradura y supe que todo esto pronto se definiría.

Para el siguiente acto, debo hacer un breve paréntesis contextual.

Durante los años que viví en la calle Moreno, fui asiduo consumidor de las líneas de colectivo $2$ y $103$ que me llevaban a distintos destinos y me dejaban de vuelta a pocos metros de la puerta de mi casa. Muchos de estos viajes los realizaba rutinariamente: misma hora, mismo día, mismo destino o mismo origen. En el $103$ solía encontrarme con una mujer de aproximadamente mi edad con la que, cuando yo descendía en el cruce con la avenida Entre Ríos, intercambiábamos alguna mirada. Incluía yo, a veces, un gesto con mi cabeza y ella respondía con una sonrisa, pero nunca, nunca, la cosa pasó de allí.

Finalmente la puerta se abrió y quien ejecutaba la tarea quedó oculto entre las sombras y el paño de puerta. Escuché una voz femenina que saludó a Carrie efusivamente e invitó a pasar, Jotacé estaba bastante más percatado de mi realidad de lo que yo hubiera imaginado y dejando pasar a Carrie me miró y cabeceó hacia el pasillo en un claro ademán de invitación, abrió el brazo con la mano que sostenía la botella como indicando el camino y a su vez mostrándome que debía pasar al siguiente. Estos gestos, las veces que se me han dado, me han impreso un registro muy bello del ser humano, ese entendimiento, ese agradecimiento, esa camaradería que puede existir entre dos completos desconocidos que simplemente han visto el mismo destello y lo saben.

Subí el peldaño y comencé a preocuparme por mis apariencias, al fin y al cabo, yo estaba camino a mi casa luego de una noche que si bien no había sido muy activa, había tenido sus momentos. Por no decir que la caminata podría haber perjudicado mis fachas y mis aromas. La vertiginosidad de la situación me había relevado de prestar atención a elementos que ahora se volvían constitutivos de mi ser para los roles que posiblemente quería ejecutar. Por otra parte la mesura me llevó a tomar dimensión del momento: estaba allí de regalo y sin miramientos. Desde el momento en que había decidido volver sobre mis pasos la frase había sido pronunciada: "Alea jacta est" y el cruce del Rubicón quedó pulverisado por las suelas de goma de mis zapatillas.

Pues entonces sin más, me dejé fagocitar por el momento, el pasillo, la oscuridad y la noche. Hice dos pasos y sentí como me tomaban por la muñeca amablemente, a mi lado pasó Jotacé intentando alcanzar a Carrie que había salido disparada hacia la fiesta y al seguir con la mirada el brazo de la mano que me sujetaba descubrí un rostro apacible que sonreía y me trasmitía calma. 

- Hola Enrico, hacía muchos años que no te veía. 

Sentí en mi estómago el vacío que solo el vértigo y el terror estimulan, pero no había nada que temer. 

Continuará...



jueves, 22 de octubre de 2020

Un Compás


Una vez, cuando tenía once años, le regalé un compás a un compañero mío de la escuela. Es un regalo bastante malo para un niño de once años. El festejado se llamaba Héctor y para ese entonces, el nombre a mi me reflejaba un nombre adulto, de otra época. Luego vendrían lecturas de algunos autores griegos clásicos y me encontraría el nombre en la Ilíada. Sería un príncipe, un guerrero, sobre todo un hombre de la cultura helénica y como tal, desde mi adoctrinada cultura: un hombre superior en todos y cada uno de los sentidos. Pero mi Héctor era un niño de once años, que vivía bastante más lejos de la escuela que yo y que tenía algunas dificultades para socializar.

Un día fui invitado al cumpleaños de Héctor y debía, por lo tanto, conseguirle un regalo. Recuerdo que fue una de las primeras veces que mi madre me dejaba hacerme cargo de algo. No era una actividad plena de responsabilidades pero así lo sentí yo. Tenía un presupuesto, un destino y un objetivo, debía ir a la galería de negocios que había en la esquina de mi casa y, en la librería, buscar un regalo apropiado. Era una de esas librerías que tienen un poco de todo. No había ninguna escuela enfrente ni siquiera en las manzanas aledañas. Era una de esas librerías que debía tener mapas, repuestos de cartuchos de lapiceras pero también algún juguete, papeles decorativos, tijeras con la punta no redondeada y hasta vasos plásticos y cotillón de cumpleaños. Allí debía encontrar yo, mi regalo para Héctor. ¿Pero cómo encontrarlo?

La dinámica del acto de regalar me era, como es de esperar de un niño de 11 años, bastante ajena. Hay actividades que pueden tomarse un poco a la ligera, la persona que crea que regalar es una de ellas, pues está equivocada. Hay todo un gesto detrás de ello. Uno se expone, se conjuga con el otro. Desde un profundo desinterés en el regalado hasta cuidar el más mínimo detalle: qué cosas le gustan, la propiedad del mensaje enviado con el regalo, a qué nivel de la persona llega. ¿Es un regalo superficial? ¿Es para estar presente todos los días? ¿Es un regalo que podría incomodar?

Uno de las formas de regalar requiere observación y atención. Si uno desea dar en el clavo con su regalo, éste debe ser una cosa premeditada, buscada en un listado de opciones que se construye con aquella observación, que se edita con la atención en los detalles. La elección del elemento de la lista, ya sabido su pertenencia al dominio de los aciertos, constituye nuestra expresión, es la mera exposición de nuestra volición sobre ese vínculo que hay entre el que regala y es regalado. Todos pueden necesitar una espátula en su cocina, pero no es lo mismo que la regale aquel que escuchó el comentario en un almuerzo familiar y lo recordó, que aquel que compartió un momento de preparación de una comida entre dos, donde se están evocando deseos de reincidir y poder decir, en medio de la aventura repetida: “podemos usar la espátula que te regalé”.

Pero yo no estaba mirando a Héctor, me estaba mirando a mí mismo. Imaginé, erroneamente, que aquello pretendido por uno podía resultar satisfactorio para el resto. Si un niño de cierta edad desea una pelota, pues todos ellos lo deben desear. Mi deseo, era un compás.

Sé que varios comparten el mismo embeleso. Entrar a una librería y desearlo todo: lapiceras, lápices, escuadras de colores, gomas, bolígrafos, lápices acuarelables, papeles de distintos gramajes y cortes rústicos. Sé que algunos otros no lo comprenden, que no entienden de lo que hablo, pero es así.

Así fue que a los once años entré a una librería, con un manojo de billetes en mi poder, y mirando a diestra y siniestra no podía decidir. Los juguetes eran un timo, todos y cada uno de ellos, no servían más que para aplastar la imaginación con una carga de frustraciones insoportable que apuntaba con su rostro burlón a la ignorancia: un transbordador espacial con el nombre ‘Sputnik’, un camión minero con el logo de una empresa petrolera, pelotas plásticas que desconocían la existencia de la elasticidad disfrazadas con pinturitas que decían ‘Tango’ o ‘Etrusco’ y tenían el triskel de leones borroneado hasta la vergüenza. No había modo que mis ojos soportaran semejantes afrendas. Pero en el mostrador, debajo del vidrio superior, estaba la cajita plástica que protegía a ese elemento que había transitado las eras y los milenios, que desde su simplicidad y efectividad reclamaba un lugar más justo en la lista de inventos del ser humano.

No cabían dudas, ese era el regalo. Como ya dije antes, no estaba pensando en el regala- do, sino en el momento que transitoriamente ese objeto sería mío, bajo la forma de regalo, y así poder poseerlo. Era metálico y tenía su propio portaminas. Nada de esos artilugios desconfiables que traían una deformación estructural que permitía sostener un bolígrafo y ajustarlo mediante una rosca plástica disparatada para su propósito. No, este era honesto, no pretendía alcanzar horizontes que no tenía asignados, su tarea era simple, ser un efectivo dispositivo trigonométrico, que al bailar sobre una de sus patas le permitiría a la otra trazar curvas, las más perfectas, al punto de poder reconciliar al final de su recorrido el trazo que había comenzado como punta huérfana y solitaria, ese acto final uniría esa línea con sigo misma para formar una circunferencia perfecta, del radio deseado y en el momento de ver esos trazos confluir, darle 
un instante de satisfacción, de gozo, a aquel que está dibujando.

Con los años fui a una escuela industrial y aprendí dibujo técnico. Allí el compás es amo y señor de la materia, sirve para trazar, medir, calcular, transportar. Creía conocer las maravillas de mi amigo pero su repertorio resultó tan deslumbrante que me cegó. Años después de haber hecho el regalo seguía pensando: ¡qué buen regalo que le hice a Héctor!

Fue pasando el tiempo y con él vinieron más experiencias, más personas y sobre todo, más conocimiento. Aprendí de las distintas dimensiones con las que se puede vivir una vida y como en algunas de ellas, un compás alcanza valores máximos. Pero también como en otras carece completamente de sentido.

El día que fui a la casa de Héctor era uno de los últimos días de clase de ese año, ya hacía calor y el sol brillaba fuerte. Recuerdo un muro blanco, incandescente, reflejando la luz del sol de la tarde hacia el interior de la casa. Eramos varios corriendo y jugando, mirando y tomando jugo. Dejé mi regalo sobre una mesa que estaba a la entrada junto con todos los otros regalos, tenía una tarjeta con mi nombre. Después de una interrupción para soplar las velitas y comer la torta lo instaron a Héctor a abrir los regalos. En un momento tomó el mío y rompió el envoltorio, en medio del jaleo incesante de la sala, de los gritos de los otros niños, de algunos adultos preguntando qué era, vi la cara de Héctor levantarse y mirarme y ya nunca más tuve que buscar esa palabra para entender su significado: perplejidad.

jueves, 1 de octubre de 2020

Redoblante

 



...a quien pudiera importarle...

Un regla básica de la expresión artística es no pensar en quién habrá de consumirla, en este caso, podríamos llamarlo lector. Me apena un poco referirme a mi producción como expresión artística pero finalmente es lo que es. No es un tratado, no es un manual de aspiradora, no es la receta del pastel de banana con jengibre ni la declaración de independencia de un estado o nación. Son las simples palabras que voy concatenando.

Antiguamente la práctica solía realizarla un poco aceitado. Una copa, a veces dos. Un vaso con el efecto colocón para salir disparado. Si bien mucha de esa producción me dejó satisfecho, tenía una pátina de falsedad. No no, no me malinterprete, los borrachos, como los niños y las calzas, no mienten. Pero así como un vidrio traslúcido deja entrever la imagen de un alguien reflejando la luz, los humores borrachos no son más que una deformación de ese original. Posiblemente esa deformación permite dar ese saltito, ubicarse en otro espacio, sentirse otro y así como un actor encarnando un personaje, ese que está ahí no somos nosotros, y al no serlo, la vergüenza es ajena, la facilidad de la exposición se realiza y no hace falta mucho esfuerzo.

Pero entonces ¿dónde queda todo eso del artista transportado por los humos, los vapores? Bueno, resulta que hay que saber navegar ¿vió? No alcanza con subirse al barco y esperar a que el viento sople. O por ponerlo más simple, por mucha tabla de barrenar que le den a uno y le digan que se tiene que meter hasta la rompiente, hay que aprender a tomar toda esa energía acumulada en las olas, canalizarla por la tabla, balancear el peso y finalmente despeinarse con un viento que no existe, sentir la sal en los labios y simplemente disfrutar de eso, sin prestar atención a quien pudiera o no estar viéndonos desde la orilla jugar con las olas. O sea, una cosa es tener una idea, los medios, el tiempo, el conocimiento y utilizar un agente para expresarse. Y otra completamente distinta es mirar al bastidor vacío, pincel en una mano, porro en la otra y esperar a que suceda una magia. No pierda su tiempo. La magia no sucederá.

Voy a retomar el camino, creo que el punto quedó claro y acá lo importante es escribir: esto, aquello o cualquier otra cosa.

En el año 2011 conocí a una mujer que publicaba libros por pura satisfacción. No era su empleo, no era su proyecto, simplemente era algo que tenía ganas de hacer. Un día hablando sobre el proceso de escribir le conté de esta situación y lo poco claro que tenía el momento en el que debía ponerme a escribir. Me dijo que escribir es un ejercicio, que se hace todos los días, se tenga ganas o no. Que hay días fantásticos de páginas y páginas escritas con cosas alucinantes y otros de una lacerante infertilidad. Los primeros revisten placer, claro está. Pero los segundos pueden minar nuestras mejores intenciones, socavar el terreno preparado con anterioridad y hasta impedir la continuidad. Esos días hay que escribir cualquier cosa, incluso hay escritores que simplemente copian la página de algún libro que están leyendo, analizan el por qué de esa lista de supermercado o inventan el devenir de uno de los signos del zodíaco. De esa manera generan una inercia que le permite a aquello que está en el fondo surgir de a poco, sacudirse esas ideas equivocadas de cómo barrenar la ola, y simplemente dejarlo brotar, a esto le llamó inicializar la bomba.

Inicializar la bomba - Priming the pump

En el campo, las bombas de agua, esas de brazos curvos, bocas exuberantes y herrumbre desafiante, funcionan cómo cualquier otra: algo debe empujar eso que queremos bombear. La bomba lo que hace es inyectar aire en un pozo, eso aumenta la presión interna y genera el ascenso del líquido. El que quiera experimentar con esto no tiene más que comprar uno de esos jugos que vienen con un orificio con seguro metálico y un sorbete miniatura, ejercitar la dexteridad perforando con maestría el seguro en el orificio y luego, en vez de chupar, soplar. No sople mucho, solo un poco de aire encerrado en la cavidad del envase hará el resto, intentará balancear las fuerzas y la única salida es ese sorbete. Quitará de su camino lo que haga falta para cancelar esa aberración entrópica formada por exceso de presión barométrica y hará brotar el líquido. Si tuvo la precaución de conservar su boca en el otro extremo, el líquido se derramará en la misma y podrá usted disfrutarlo, en caso contrario conocerá de primera mano la definición de la palabra enchastre.

Ahora, surge una vez más en la vida, hay un problema técnico. La bomba necesita algo que permita el paso del aire en un sólo sentido, sino al bombear podría simplemente salir por la otra punta. Las válvulas son complejas, partes móviles que pueden deteriorarse y fallar en su propósito. Entonces la humanidad en una de esas extrañas y bellas ocasiones en las que se muestra simple e inteligente, diseñó una solución: bloquear el mismo ducto con agua, luego, la misma agua bombeada reemplazaría a la precedente en su función de válvula y mientras el ejercicio se ejecute, nada tenemos que temer. ¿Pero qué sucede si queremos ir a tomar un mate con ese agua? ¿O ir a mojar a alguien de un baldazo? ¿O simplemente trasvasar el agua a una pecera para nuestra mascota subacuática? Pues el agua en la columna vertical responderá a los dictámenes gravitacionales y caerá al fondo del pozo, impidiendo retomar la actividad de forma efectiva. Entonces lo que debe hacerse es dejar un otro balde por allí cerca y antes de ir a mojar a ese humano que no tiene interés alguno en usted o hervir el agua del mate, ocúpese de llenarlo. La próxima vez que quiera usar la bomba no tiene más que bloquear el ducto de aire con este líquido y podrá iniciar un bombeo efectivo, usted a inicializado la bomba, o como me dijo María aquella vez: ”You have to prime the pump”

Entonces para escribir hay que simplemente hacer eso: escribir. Si no viene nada, pues recurrimos a algún balde que hayamos dejado dando vueltas por ahí la última vez e inicializamos la bomba. Calculo que a estas alturas, el que esté leyendo, si es que alguno está leyendo, estará comprendiendo cuál es mi propósito: escribir.

En el pasado lo hice de forma esporádica, errática y nada dice que no seguirá siendo así en el futuro. Pero ahora quiero probar otra cosa, quiero simplemente escribir por el placer de hacerlo, barrenar esa ola sin tabla, aunque tampoco obligado. Y para ello hay que arrancar, bueno, quisiera que este sea el balde. No sé si todos los días voy a publicar lo que escriba. Me gustaría alguna vez escribir algo en muchas sentadas e ir dándole forma de a poco, pero no creo que deje de hacer lo que he hecho hasta ahora.

sábado, 6 de enero de 2018

Cuchicheando







       Yo no quería saber de los ritos de la muerte. No era una negación a un hecho insoslayable, solo era un deseo. Pero pronto conocí los vericuetos de ese edificio, de esa oficina pública que te ingresa y te marea, te pasea por dependencias y te pide sellados, encasillar a una persona en pequeñas frasecitas compuestas para una danza de clasificación burocrática pero nunca comprensiva.  Siempre está esa mano amable: una señora mayor, un amigo un poco cansado que ya ha aprendido a dejar lo sufrido y otras veces, como tantas otras, es un padre triste que le muestra a su hijo esa parte de vivir que nos toca, pero que no gusta tanto.

Espío conversaciones ajenas dónde un alma desconsolada piensa que el entierro dura solo un día, y que el velorio mide unas tantas otras. Ahí mismo me encuentro con mi palma midiendo esos tiempos. Así como creo recordar cada piedra subiendo el río Colorado, o andando los senderos del cerro Azul, creo conocer cada uno de los pasos que se dan por esas sendas. La verdad es que a cada paso el andar es nuevo, la angustia es otra y cada día se siente como nuevo. Pero seguro conozco los tiempos y sé que no son ni días ni horas, como también sé que esas no son unidades para contar las vidas ni las muertes, los nacimientos o las desventuras.

El tiempo que pasa, pasa para no volver, pulsa con su presencia en cada acto del presente, ese presente escurridizo que pasa de futuro a pasado sin ser visto. Es como una nota disonante que no pertenece al acorde pero que nos despierta y despabila. Está pero es difícil encontrarlo.

Esa noche, la de la muerte, se hizo infinita y se propaga hasta en los días. El cielo es un poco más oscuro, las nubes un poco más grises, pero al rato me percato que ninguno de los dos, ni el que se va, ni el que se queda,  están ahí para ser atrapados. Solo son para ser vistos y sentidos. Son, pero no están. Aquellos que mueren son, también ausentes que se sienten, no están para ser atrapados, solo para ser sentidos.

¿Qué hacemos, entonces, con los vivos? Bueno, pues nos toca vivirlos para poder tocarlos, acariciarlos y sentirlos, y cuando no estén, solo sentirlos. Todo aquello que se interponga entre nosotros, nos mata el momento que no existe, pero además, nos quita ese futuro eterno que no estará, pero que se sentirá vivo.


miércoles, 27 de diciembre de 2017

Cuatro Estrellas








La mirada se sostuvo firme en el gorrión que intentaba desprender la miga de un pan viejo en la plaza. El frío de mañana mantenía los colores atados a las cosas, cuando llega el calor del mediodía todo se pierde y es casi imposible distinguir un verde de un amarillo, una nube blanca alta del cielo que la rodea, y el gris de los edificios se empareja tanto que parece que están limpios. 

Pensando en la evolución la mirada se concentraba en el movimiento del cuello y su eficacia con el pico para alcanzar el fin de la tarea. En ese momento, los millones de años de genes mutando y bregando por un espacio en la cadena se concentraban para mostrar su eficacia, mientras los que llevaron a formar las alas y las plumas dormían distraídos, sin poder colaborar, sin intervenir. 

La mirada interrumpió su concentración por el ruido de motor de un colectivo. Había que vovler a contextualizar, mucho tiempo mirando una sola cosa, muy concentrados. Los chicos en el borde del canil mirando los perros a través del alambre. Las hojas de los árboles bailando con el poco viento y despertando un nuevo día reinando en esa altura que nadie les discute y que a nadie más que a ellas les importa. Por el sendero pasaba gente ataviada hacia sus trabajos. Las zapatillas estaban un poco sucias, había que lavarlas. El gorrión. Ya no estaba, había huido y dejado parte del botín y del rastro para algunas palomas que se acercaban bobas y sin gracia. 

La mano sacó cuatro estrellas del bolsillo, eran bien pequeñas y fulguraban una luz que enceguecía, parecían reír en silencio. La mirada se sostuvo firme, ahora, sobre ellas. Parecían no pesar, pero de solo pensar en eso comenzaban a lacerar la piel y a vencer los músculos. Dos de ellas se acercaron y comenzaron a bailar, pronto serían dos bailarinas fusionándose, sus pesos las colapsarán y formarán un pequeño agujero negro que absorbería todo, al gorrión, su pan, los niños, el perro, el canil, las hojas y su reino, incluso, hasta la mirada. Un dedo las separó un poco y el puño se cerró de nuevo para guardarlas de nuevo en el bolsillo. 

Uno de los niños se asustó con los ladridos de un perro y comenzó a llorar, el otro lo miraba sin producir ninguna reacción en su rostro. La calle se calmó por un momento y volvió el gorrión que se llevó el pan mientras las palomas miraban. Voló tan solo tres o cuatro metros y comenzó de nuevo su tarea. El movimiento de ese cuello tiene millones de años de pulido, de perfeccionamiento, es simplemente hermoso.