domingo, 15 de octubre de 2023
Instrucciones
sábado, 5 de agosto de 2023
Carlos es Karl
El sol vio nacer a Karl Soergerssen en Estocolmo, en Julio del `66. Su padre Kristian era danés y su madre, Socors Castells, catalana. Los Soergerssen estaban allí en Suecia debido al trabajo de Kristian, era investigador del Colegio Politécnico de la Universidad Técnica de Dinamarca para el departamento de radiometría y señales. Unos años antes del nacimiento de Karl, Kristian había realizado un curso con dos ingenieros de los Laboratorios Bell de Nueva Jersey que investigaban la señal de la radiación de fondo. En su regreso a Estados Unidos estos ingenieros le sugirieron a Karl buscar destinos más cercanos al polo, para obtener mejores lecturas y el bonito de Karl llegó feliz a su hogar para proponerle a Socors moverse durante el verano a Nuuk con el fin de realizar escapadas hacia el norte. Bastó la cara de Socors para que Karl buscara otro plan, así surgió la civilizada Suecia, y si bien esto implicaba moverse a territorio extranjero, podrían habitar en un territorio culturalmente más cercano y posibilitar también los planes de ser madre que tenía Socors, así fue como Lulea y Kiruna fueron descartadas y la un poco más nórdica Estocolmo fue elegida como destino.
martes, 4 de julio de 2023
Titulo y Obra
No hay nada más decepcionante que ilusionarse con un título y luego conocer la obra. Tal vez exagero pero un ejemplo de esto es la distancia que puede presentarse entre el nombre de un plato y su presentación. Hay cosas que son un estándar, como filet de merluza a la romana con puré. Si allí encontráramos un salto elongado entre la expectativa y la realidad, podemos reclamar al mozo. Otro clásico que no admite más que sutiles variaciones es ravioles con estofado y fileto. Pero estoy marcando la cancha con tiza gruesa, blanco sobre negro y al terreno que quiero llegar es un poco más controversial. ¿Qué se espera de un baño?
Bueno, no es la espera o la expectativa más común, posiblemente pocas personas abran una puerta de baño y se sorprendan o decepcionen, pero es mi caso. He tenido la fortuna de poder ir a una amplia variedad de lugares, entre ellos algún que otro restaurante fino, si se entiende el calificativo, y toparme con una continuidad entre la atención, el salón, la presentación de la mesa y el baño. Un continuado de elecciones estéticas y soluciones a problemáticas que conforman un conjunto uniforme. No necesariamente de mi aprecio o gusto, pero resulta en algo que se esperaba. También he tenido la suerte de ir a restaurantes donde reina el descontrol, tanto en las mesas como en el baño, ahora cuidado que no se entienda por esto problemas de higiene o arquitectónicos, es simplemente una pileta lavamanos desproporcionada junto con un espejo de vestir, un inodoro de diseño actual atrapado por una puerta de antaño, pero todo limpio y de perfecto uso. Es una mesa de madera continuada por una enchapada en fórmica, sillas recolectadas en los más variados orígenes, platos hondos para cualquier comida, desde un guiso a una milanesa, y por supuesto un eclecticismo estético rayano con el cocoliche. Muchos de ellos tienen una constancia y homogeneidad en la carta que contrasta con el ambiente, muchos de estos forman parte de mis favoritos. Pero nuevamente, todo esto se esperaba.
¿Pero qué hacemos cuando por respuesta al giro de la puerta que nos franquea el acceso al baño encontramos un mingitorio escondido? ¿Cómo debería ser el salón de ese restaurante para estimular la expectativa correcta? Empezaré por aclarar qué es un mingitorio escondido. Muchos espacios donde se sirve comida, presentados como 'restaurantes', tienen la ilusión de servir todas las mesas posibles que puedan acomodarse en el salón, mismo si esto incluye sacrificar todo espacio originalmente reservado a la circulación. Se transforman en un pequeño festín de culos frotados en espaldas y hombros, empujones con cara de incomodidad, carteras y bolsos elevados para evitar golpes desafortunados y también, mostrar ese desinterés social de algunas personas que simplemente pasan y atropellan todo a su paso. Lo mismo ocurre en el resto de los espacios, la cocina suele ser una pequeña prisión térmica y los baños se caracterizan por giros de puerta imposibles, niños atrapados debajo del lavamanos y por sobre todas las cosas, ningún tipo de ventilación. Pero a problemas modernos, soluciones modernas. El hombre tiene una posibilidad y es la de evacuar sus orines parado. ¿Encontró usted un espacio en una pared? Coloque un mingitorio y donde tenía un baño que solo podía acomodar una persona, ahora acomoda a dos. Claro, no hay espacio para que circulen dos personas por ese baño, pero nadie rechaza la proposición de frotarse con un extraño, sobre todo cuando sus manos vienen de administrar las actividades evacuatorias y hayan, posiblemente, caído en la acción y aún no hayan pasado por ese lavamanos que está más seco que la boca de un maratonista. No quiero perder el hilo ¿qué es un mingitorio escondido? Pues exactamente eso, un objeto colocado en una pared de modo tal que no hay forma de alcanzarlo, no es posible pararse delante de él. En oportunidades, con la mismísima necesidad imperiosa de evacuar uno debe tomarse el tiempo para imaginarse cómo se debe resolver el acertijo ¿dónde me paro?¿cómo me paro?
En mi última experiencia sucedió que estaba entre una pared y una columna tan prominente, que era imposible, a menos que uno sea un purrete de diez años, acomodar los hombros para llegar hasta el destino sin arriesgar mearse los zapatos. Debido a la época invernal yo ya me encontraba abrigado para salir y las capas extras de tela no colaboraban al éxito de la empresa. Comprendí que la única manera de aproximarme lo suficiente era realizar un pequeño giro de hombros y quedar en chanfle respecto al mingitorio y compensar ese desfasaje con la capacidad de apuntar inherente a los elementos ejecutantes. Lamenté haber decidido utilizar mis zapatillas de gamuza, las cuales observé con el rabillo del ojo para no perder puntería mientras intentaba controlar que nada se derramara sobre ellas. Reflexioné sobre la palabra 'baño', sobre lo que para mí es un filet de merluza a la romana con puré y como no debería haber tanta distancia entre un título y la obra. Terminé exitosamente la operación y miré de soslayo el lavamanos y su canillita de bronce, giré sin esperanzas la manivela y para mi sorpresa un hilo de agua de deshielo comenzó a circular. Froté la punta de los dedos debajo de ese goteo insistente y me sequé las manos con dos sacudones fuertes y una mínima frotada. Salí al pasillo que daba al salón y me preguntaba si verdaderamente había comido una milanesa con papas fritas, la sola idea de imaginar la cocina me generó rechazo.
Pero estaba riquísimo, mañana vuelvo.
miércoles, 28 de junio de 2023
Renzi
jueves, 15 de junio de 2023
Pinceladas

Tomé el pincel, lo sumergí en el barniz hasta bañar un tercio de las cerdas, lo quité verticalmente y dejé que el exceso se escurriera. Seguía un hilo, siempre queda un hilo chorreando, pero rápidamente moví el pincel sobre el listón de madera y comencé a dibujar figuras con el hilo que chorreaba. Pensaba en el profe de taller que me cagaba a pedos cada vez que hacía eso porque iba a dejar marcada la madera. Pero estaba en casa, es sábado a la mañana y hace frío, tengo un mate en la mesita de al lado y entra el sol por la ventana, que la tengo un poco abierta porque el olor del aguarrás me hace doler la cabeza. Cuando me parece voy pintando motas a lo largo del listón para distribuir más fácil el barniz y luego comienzo a moverlo de lado a lado, a velocidad y presión constantes, veo como cambia de color la madera y un brillo se apodera de ella momentáneamente, voy y vengo con el pincel un par de veces. No me alcanzó para todo, así que vuelvo a remojar, otra vez chorrea, otra vez el profe. Cada vez que pintaba, la madera me recordaba de alguien diferente. Una novia, un amigo, un profesor de la facultad y hasta incluso chicos de mi barrio con quienes no me llevaba muy bien a pesar de que yo quería llevarme bien con ellos. Pensaba en lo insoportable que era cuando era chico mientras me tomaba un mate. Siempre que pinto listones hago cagadas. Dejo marcas por todos lados y cuando llego a los bordes chorreo cantidades industriales que luego son imposibles de cubrir, por eso esta vez tuve la precaución de cubrir los lados con cinta de pintor, cinta de papel, esa que en mi casa nunca faltó cuando era chico. Este sábado no me acuerdo de nadie, solo estoy pintando, creo que estoy buscando exorcizarme de algo, antes podía negar todo, hasta las chorreadas de pintura, pero ahora está todo el tiempo todo presente. Me resulta imposible no mirarlo. La primer mano hay que darla diluida en aguarrás, pero no me gusta llenar frasquitos de vidrio para hacer proporciones que nunca más me servirán. Entonces mojo el pincel un poco y luego lo sumerjo en la lata de barniz, hago dos o tres pasadas y vuelvo a mojar el pincel en el aguarrás, seguro que es suficiente. El olor me está haciendo doler la cabeza, tendría que tomar algo o ponerme un barbijo para aspirar menos. El mate me salió rico, me gusta cuando la cosa está un poco ordenada. El mate rico es reflejo de tranquilidad, si te sale rico es porque estás tranquilo y te tomaste el tiempo y cuidados necesarios para hacerlo. La primer mano está quedando bien, pero no sé si me voy a aguantar las horas que tengo que esperar para que seque y poder dar la segunda. Iba a dar tres manos, pero estoy pensando que eso me va a quitar todo el finde y no puedo dejar las maderas secando por toda la cocina. El domingo a la tarde tengo que armar todo y despejar. Estar prolijo, hacer mates ricos el lunes. Es sábado a la mañana y estoy calculando mañanas de lunes, hay algo mal. ¿Cómo se dice en Francés? il y a quelque chose mal. Ni en pedo se dice así pero seguro que se entiende. Este listón está quedando marcado raro, me parece que no lo lijé bien. Es como todo lo que hago, está bien pero no está perfecto. Siempre algo que se escapa ¿aprendo a vivir con ello o busco perfeccionarme? La perfección no existe, pero no es motivo para no buscarla. Se aprende en el camino, no en el destino. ¿Yo quiero aprender o llegar? Me acuerdo la primera vez que le metí yuyos al mate, hice cualquier cosa pero me bajé el termo igual hay algo ahí en la obstinación, te hace persistir y persistir muchas veces te hace llegar. ¿Pero yo quiero llegar o aprender? No le doy tres manos ni en pedo, esto es para interiores, ni el sol le va a pegar, es más para no dejar la madera pelada que otra cosa. ¿Cómo será pintar con soplete? Una vez intenté pero me quedó malísimo. No volví a intentar. Ahora aprendí una cosa que es hacer cincuenta veces lo mismo hasta que en un momento te empieza a salir bien. Me pasó con el mate, nunca nadie me dio clases, siempre escuché gente que contaba que hacía así o asá, pero después de muchas veces de preparar mate me empezó a salir bien, incluso después de poner yuyos aquella vez. ¿Llegué y aprendí? No sé, hay cosas que no quedan tan claras me parece. Esa punta va a quedar mal, se me escapó la cinta por arriba y cuando la despegue se va a notar la linea, puedo poner ese lado para abajo y no se va a ver. También puedo intentar levantar ahora la cinta y pasarle una pincelada antes de que se seque del todo. Voy a hacer cagada, si no hago nada también. ¿Hago cagada por no hacer o hago cagada por hacer? Qué dilema. No es un dilema, dilema es cuando tenés diecisiete y la hermana de tu novia te pregunta como es dar un beso con la lengua cuando estás parado solo con ella en la cocina de su casa esperando que el microondas termine de calentar una taza de café, y se hace silencio y se te quedan mirando y se escucha el magnetrón emitir, cortar, emitir, cortar, y vos estás pensando ¿Le explico o no le explico? hasta que suena el ding que te explica un par de cosas: que el café ya está caliente, que el dilema se terminó porque con el ding se dio media vuelta y se fue y que no te hubieran alcanzado ni diez segundos más ni veinte minutos porque hay decisiones que se toman y punto, sea para un lado o para el otro, pero ya lo dijo el señor Miyagui, si te quedas en el medio de una calle de doble sentido, sin elegir uno de ellos, los autos te trituran como a una uva. Me estoy dando cuenta que ese espacio entre los listones no lo voy a poder pintar luego, voy a manchar todo, tendría que haber empezado por ahí. ¿Y con un soplete? uno de esos chicos, un aerógrafo. Me voy a comprar un aerógrafo, voy a gastar litros de pintura aprendiéndolo a usar para pintar el costado de unas maderas que no se van a ver y que me saldría más barato mandar a pintar, pero ¿llegaría a algún lado?¿aprendería? El agua del mate se está acabando, es una pena, estaba muy rico, pero hay cosas que a veces son así y estirarlas solo lo empeora. Mejor salirse del dilema y tomar la decisión, se acabó el mate, van a ser solo dos manos, la parte de adentro me va a quedar mal pero esta vez no tengo chorreadas, algo aprendí, no llegué, pero algo aprendí. Quedó el olor a barniz con aguarrás por toda la casa, pero me voy a bañar, en un rato me pasan a buscar y me voy a comer algo por ahí, cuando vuelvo hago la segunda mano y mañana termino.
viernes, 2 de junio de 2023
Minutos
Tengo veinte minutos, no me alcanza, me sobran en realidad. John Cooper Clarke está rompiendo las letras, está prendido fuego, me quemo, me falta tiempo ¿cuánto va?
Salí de la cabina, estaba el perro mirando el mar, busqué el cierre y me puse a mear. Todo era muy azul, el perro miraba el hilo amarillo, creo que ya faltan quince.
El horno eléctrico de casa seguía haciendo tik-tak...tik-tak pero la pizza estaba fría por dentro, ahora faltan dieciocho pero no me parece, voy a sacar la bandeja antes. Faltan catorce ahora.
En el avión el auxiliar de vuelo me miraba bastante molesto, y yo decía 'Yo voy viento ruso' y se lo repetía, convencido que me daría el vino rojo que quería. Pasaron otros tres y solo me quedan doce minutos. Veinte minutos, no me alcanza.
Un beso en un cachete, otro beso en el otro, el calor de la piel es comestible, pero no existe, es solo un olor. Me quedo pensando mientras miro la piel de la espalda y solo puedo pensar en besar otro cachete. Dos minutos, dos minutos... ¿Qué hago?
El palo es rayado pero nunca lo entendí, ahora es liso, pero sigue sin venir. Hubo uno que estaba cortado al raz del piso, casi imperceptible, pero todos sabemos que está ahí. Pasan los minutos y sigue sin venir. Tres es mucho, pero estoy bastante seguro que pasaron dos. Solo diez... quedan solo diez.
Amé, minuto uno, morí, minuto dos. Aprendí, minuto tres. No volví, minuto cuatro. Sigo corriendo, corro corro corro, espero la esquina pero solo estoy a mitad de cuadra. Dos, tres, queda uno, pues no, miré mal el reloj, son como ocho.
Los primeros ocho no son iguales a los siguientes, nada que ver con los del medio y los últimos, bueno, los útimos son los que quedan.
Dos marchas y un sobrino, tres décadas y pasaron como ... como... ¿cuántos quedan?
Dos, quedan dos minutos. Estoy mirando el segundero, ya pasaron diecisiete segundos y ahora es un minuto y algo lo que queda.
Un minuto y no sé en qué lo voy a usar. ¿Voy de nuevo a Nueva York? ¿Me compro un perro? ¿Junto frases y se las paso a mi hijo? Hay una abeja arriba de una hoja en una de las plantas de la cocina. La luz entra por la ventana, como todas las mañanas. Me acuesto un rato, son solo unos segundos. Tengo miedo.
viernes, 24 de marzo de 2023
El sueño (siempre buscando)
"El sueño se acabó, Mori, se acabó"
El tano estaba con la mano bordeando el vaso, todo encorvado sobre la mesa, con el buzo de polar azul de la distribuidora. Había llegado al café un poco más temprano que Mori, solían coincidir en el horario porque Mori cerraba los viajes en logística y el tano entraba el último de los camiones a la playa. Mori salía por la puerta del frente de la distribuidora y el tano por el portón de la calle lateral, justo antes de que bajen la cortina. Quedaban los dos a cincuenta metros de la esquina donde estaba el 'Argos' un café de Buenos Aires de otro siglo, que de alguna manera había sido arropado por el barrio y no le llegó la época de bronce y dicroicas. Mori era flaco como el padre y pelado como la madre. Tenía unos anteojos RayBan de esos que parecen de la década del 60, fumaba como hacía años que no se fuma y parecía que simplemente estaba viviendo la vida esperando morirse. Ni fu ni fa.
El tano era camionero, nieto de camionero, hijo de camionero, hermano de camionero. El único de sus hermanos que no era camionero era contador y también laburaba para la distribuidora, la clave era saber amortizar los camiones, entender los gastos, proyectar con los ojos bien abiertos. El Sebas se las sabía todas y la verdad es que si le preguntabas a cualquiera, era el que dirigía la distribuidora.
El tano esa tarde volvió de la última vuelta un rato antes, dejó el camión y para sorpresa del playero salió por el portón un buen rato antes de que bajen la cortina. Dobló para la esquina y se sentó en una de las mesas que está pegada a la ventana, en la que siempre se sentaban con Mori a tomar café en vaso y charlar sobre la vida antes de volver a casa. Si era viernes el tano pedía el café con un `farol' de ginebra. Esta vez era martes, y el vaso solo tenía ginebra. Cuando entró Mori el tano se hizo un bollito, era como ver a un elefante intentar besarse la entrepierna mientras se esconde detrás de un tronco. Abrazó el vaso con sus dos manos y lo hizo desaparecer, se miraba las manos como si guardara un gorrión entre los dedos al que no quería lastimar. Mori se sentó frente al tano, le hizo una señal al mozo y mientras veía al tano darle un pequeño sorbo al vaso notó que estaba más fresco que ayer. El sol seguía poniéndose alineado con la calle lateral de la distribuidora, se acercaba la primavera pero todavía no tanto.
"El sueño se acabó, Mori, se acabó"
El tano esta vez había levantado la mirada y lo bañó con la tristeza de sus ojos. Mori había muerto emocionalmente en algún punto de su infancia, y si bien sentía algo de empatía por los demás cuando les contaban sus emociones, él solo podía imaginarlas. Mori no tenía mucha imaginación.
El tano sabía que Mori no devolvía nada, y por eso le confesaba hasta sus últimas intimidades. No lo juzgaba, simplemente lo escuchaba y le decía lo que creía que era más oportuno, pero esta vez Mori no sabía ni de qué se trataba el sueño. Entonces preguntó.
El tano estaba muy sorprendido, casi pasmado por la pregunta de Mori."¿Cómo qué sueño?....El sueño" Mori intentó recordar algún tipo de referencia, de comentario, de insinuación aportada pero no había nada. Recordó un viaje a Salto para visitar a unos familiares y un comentario sobre la adquisición de una quinta en Longchamps, pero no recordaba que en ningún momento alguien se hubiera referido a eso como "El sueño". Pensó en Cristina, la mujer del tano, pero él jamás se había referido a ella de ese modo ni mucho menos. Comenzó a barajar ideas para hablar del tema sin nombrarlo y así, poder construirlo.
El tano largó un fuerte resoplido que parecía estar contenido desde la mañana del día anterior. Miró por la ventana y mientras hacía bailar el vaso con sus dedos índice y pulgar, mirando al infinito, repetía en voz baja: "Se acabó, ya está, se acabó". Mori no podía dar con el más mínimo indicio o pista para conocer "El sueño", pero pensó que en todo caso, sin importar qué fuera, podría encontrar palabras para reconfortar al tano, contarle que la vida continúa, que puede haber otros sueños. Mori de pequeño, cuando aún el mundo le generaba emociones, tuvo un perro pequeño que se llamaba Romualdo. Como Mori no podía pronunciar bien el nombre le decía "Momualdo" y con el tiempo el perro pasó a ser El momu. El Romualdo ya era grande cuando Mori nació, tendría unos diez años, entonces para cuando se transformó en El momu era un perro viejo y con mañas que apenas si se movía por la casa. Los perros pequeños y medianos, como los terrier, llevan mejor la vejez que los perros grandes, como los pastores. Entonces el momu, que era mezcla de cuatro o cinco razas diferentes, pero similares, le llegó a dar algunas tardes de juego al pequeño Mori . Los padres de Mori siempre lo prepararon para que sepa que el momu un día no estaría más. Y así fue. Mori sobrellevó muy bien la partida del momu, porque estaba preparado. Sus padres le habían dicho que luego de un tiempo, podrían tener otro perro y si bien Mori entendía que los seres vivos no son intercambiables, también sabía que le iba a gustar tener un nuevo perro.
El tano seguía mirando por la ventana mientras Mori revolvía el café en el vasito de vidrio y sentía, con la cucharita, como el azúcar se disolvía en el fondo del vasito. Cuando el tano largó el segundo resoplido Mori ya se había acordado del momu y empezó a contar la anécdota, pero mientras iba avanzando con el cuento se dió cuenta que estaba comparando un perro viejo con "El sueño" y simplemente paró de contar luego de que el cuento llegó a la parte de la muerte del momu.
El tano giró la cabeza maquinalmente y tenía una expresión que era mezcla de terror, sorpresa e interrogación. Por un instante le había parecido que Mori estaba contando un cuento sobre sus emociones y la superación de adversidades. Mori, el tipo que parecía no tener ni alma, ni corazón ni espíritu. Mori, el que le daba completamente lo mismo si Fernanda, la secretaria del Sebas le dirigía la palabra o no, o si le pedía que la lleve a la casa porque no quería volver sola ya que iba a estar sola luego, en la casa. Mori, el que la llevaba y aceleraba antes de que se cierre la puerta. Los muchachos de la playa le preguntaban al tano qué le pasaba a Mori y el tano les decía: "Nada, sucede justamente eso, a Mori no le pasa nada"
El tano le preguntó a Mori que había querido decir, y Mori entre idea e idea, simplemente dijo:
"Hay cosas que se acaban, pero se puede seguir soñando"
viernes, 2 de diciembre de 2022
El heavy
lunes, 31 de enero de 2022
Las Olas Torcidas
El cielo estaba despejado, había mucho sol y yo, con mis ocho años, miraba por primera vez el horizonte sin nada más que el mar. Cielo y mar. Habíamos llegado en el auto familiar, mis padres, mi hermana y yo, luego de atravesar durante algunas horas la ruta provincial. Entramos por un camino que no tenía ningún parecido con el paisaje de la ruta. Esta era un desierto de pastos amarillos y agrupaciones de árboles perdidos, sembrados en ocasiones con pintorescos animales que moteaban con sus negros o sus marrones la aburrida continuidad de esa nada que algunos colman de elogios y bendiciones. El ingreso era un camino lleno de sombras prestadas por pinos y eucaliptos, en lugar de ver espacios vacíos, todo estaba poblado de árboles, de arbustos y hasta de plantas. Era como entrar a un oasis.
El auto atravesó un poblado desértico que, mi madre explicaba, se veía así porque la gente estaba en la playa. Al alcanzar la avenida costanera vi el mar por primera vez y me sentí estafado. Había visto fotos y algunas imágenes en el televisor de mi casa, pero no podía imaginar ni por un instante la dimensión de la injusticia que esos elementos impartían sobre semejante belleza. Los olores perdidos, los sonidos, los sabores, el aire, el color de la luz y sobre todo el movimiento de las olas que me cautivaron instantáneamente.
Luego de esa primera imagen desde la ventana del auto, bajé para vivir en primera persona todas aquellas cosas que, sospechaba, mi familia no comprendía. Mi mente alucinada veía al resto de mis compañeros de viaje simplemente seguir viviendo, seguían siendo los mismos que caminaban por los pasillos de mi casa, por las aulas de la escuela o se sentaban en la plaza a tomar mate. Nunca antes mi familia me fue tan ajena, tan distante y, sorprendentemente, tan poco extraña.
Mi padre dió la orden de dejar las cosas en el auto y caminar hasta la orilla, pues allí estarían mis abuelos. El primer paso fue duro, esa arena amarilla quemaba los pies, la gente transitaba cuidadosamente sobre unos listones de madera que simplemente quemaban menos, pero eran mejores ni tanto. Volé raudo desde los ardores secos al frescor húmedo de la zona oscura. No comprendía ni por un momento cómo podía suceder semejante fenómeno. Por un lado el terreno era inhóspito, duro, tajante y unos metros más allá la realidad cambiaba radicalmente para presentarse como un bálsamo donde podía enterrar mis pies para regocijarme con el roce y la frescura que proveía.
En la orilla del mar estaba, como había anunciado mi padre, mi abuelo. Mi abuelo no era un ser humano tierno, ni juguetón, ni nada de todo eso. Era un hombre un poco osco al que no había que interrumpir con preguntas mientras comía y sobre todo, no despertarlo cuando dormía la siesta. Mi abuelo nunca me había tomado de la mano para cruzar una calle, nunca me había preguntado ni por la escuela y hasta yo creía que no sabía quién era yo. Me acerqué lo suficiente para que me escuche y lo llamé por su nombre de pila. No fue menor la sorpresa cuando lo ví girarse y sonreír ampliamente como nunca lo había visto sonreír. Me llamó por mi nombre y extendió los brazos para abrazarme. Quedé petrificado.
Dos olas generosas alcanzaron sus largas piernas, mojando el pantalón que tenía arremangado. Habían llegado con mi abuela unas horas antes que nosotros y se habían ido derecho al mar. Mi abuelo había querido esperarnos ahí, sin importar cuánto pudieramos tardar. Su amor por el mar comenzó cuando cruzó a América, tenía cerca de veinte años y nunca lo había visto. Sus padres juntaron un dinero para que él y su hermano viajaran para tener una vida mejor y así fue que llegaron al Ferrol y conocieron la ría, luego los diques y más allá el mar. Su hermano nunca subió al barco y se quedó trabajando en el puerto, pero mi abuelo cruzó el charco y vino sin hablar una palabra del castellano. Durante los días de la travesía solo miraba el mar fascinado y hablaba con otros paisanos sobre su belleza. A pesar de estar descompuesto durante días y de haber sufrido el robo de la maleta donde traía la ropa pero no los papeles ni el dinero, ese viaje lo casó con el mar de una vez y para siempre. En cada cumpleaños recordaba la aventura y los ojos se le humedecían al contarla. De niños, a mi hermana, a mis primas y a mi nos obligaban a escucharlo, y recuerdo mi sufrimiento de solo pensar otra vez en esa historia, no la del cruce, sino la de estar sentado escuchando un cuento que no me interesaba. Poco a poco con el tiempo fui amando esa historia en secreto al punto de preguntarle a mi padre si el abuelo la contaría esa noche. En cada ocasión, había un dato distinto, una cosa cambiada.
El gesto afectuoso me había resultado desconcertante, sin embargo algo me impulsó a corresponderlo y dejé que me abrazara, recuerdo claramente el olor de mi abuelo mezclado con el del mar. Sin soltarme del todo dejó de abrazarme y me sostuvo la mano mientras los dos mirábamos las olas y mi abuela, que sí daba abrazos, que sí me sostenía de la mano para cruzar la calle cuando íbamos al almacén de la esquina y también traía galletitas de agua a la puerta de la escuela cuando nos buscaba a mi hermana, a mis primas y a mí, llegó y como si la escena fuera lo más natural del mundo nos preguntó si podíamos quedarnos un rato más allí, mientras el resto de la familia llevaba las cosas del auto a la casa, que estaba frente al mar, cruzando la avenida.
Mi abuelo podía quedarse horas mirando el mar, en silencio, como esperando que alguien saliera de él para notificarlo. Yo no lo sabía, estaba allí por primera vez y estaba completamente desbordado por la situación de mi soledad con él, mi mano en la suya y el recuerdo férreo que me acompañaría toda la vida, imprimiendose en mi ser en ese momento. Mi abuelo dijo una o dos cosas en algo que creí era castellano pero no había logrado entender. Como si a la frase le faltaran palabras y algunas de ellas estuvieran mal pronunciadas o acentuadas en otra sílaba. En un momento sentí su mirada y me dió temor corresponderla, pero me llamó mientras aumentaba levemente la presión en la mano que sujetaba. Al mirarlo me dijo que había cosas que se iban y que uno no sabía que esa era la última vez que las veíamos, como esas olas, que parecen todas hermanas y son muy parecidas, pero que son únicas, uno las ve venir, crecen, rompen y no están más. Atrás simplemente viene otra. Nunca había reflexionado en algo semejante y mi mente de ocho años quedó estupefacta. Las olas no son, no están y comencé a mirarlas una por una, la onda apareciendo allí al fondo, en algún punto comenzaba a transformarse en otra cosa y luego simplemente rompía, para transformarse en más agua de mar y desaparecer diluida en ella misma, en ese mar que son olas que no están, agua que se mueve pero no se va. Cada ola que venía era una ola distinta y de pronto estábamos allí, abuelo y nieto, absortos mirando las olas, escuchándolas, pasivamente contemplando esa existencia de segundos y soslayo.
En la cena mi abuelo volvió a ser el mismo de siempre, como si no recordara nada de la tarde. Le pregunté si miraríamos el mar al otro día y solo me miró, extrañado por la pregunta mientras seguía comiendo el trozo de pollo que tenía en el plato. Mi padre ofreció planes y mi madre nos recordó a mi y a mi hermana que en pocos días vendrían también las primas y podríamos jugar con ellas. Poco podía importarme todo eso y la sensación de que mi familia no registraba los eventos que sucedían cerca del mar comenzó a inquietarme. Me fuí a dormir pensando en una posible explicación. Mi abuelo había sintonizado con el mar desde aquel viaje de su juventud y simplemente, cuando estaba con otras humanidades que no comprendían, se apagaba. Ése ser humano que yo había conocido en la ciudad no era mi abuelo, era una proyección de su ser para poder vivir y cumplir con el paso de los días, pero su verdadero ser, ese que tiene adentro, ese solo quería ver el mar. ¿Por qué me había contado todo aquella tarde? ¿cómo se dió cuenta que yo comprendería? Era la primera vez que veía al gigante azul, verde, marrón, gris y vaya uno a saber qué otros colores, ir y venir, soltando al aire su aroma, imponiendo su voz sobre toda la costa y marcando su presencia con la mayor humildad que yo haya visto jamás. ¿Cómo pudo saber que lo comprendería? La explicación no podría ser esa, debía de haber otra.
Una mañana mientras tomábamos el desayuno quedamos a solas con mi abuela y mi hermana, mi abuela tomaba mate mientras leía una revista y mi hermana nos preparaba tostadas con manteca y mermelada. Después de la segunda tostada les conté lo que había sucedido días atrás y lo que pensaba. Mi hermana se rió profundamente y me dijo que en la familia todos sabían que el abuelo estaba loco y que por eso no había ni que molestarlo ni seguirle la corriente con nada. Mi abuela sonreía un poco mientras mi hermana me hablaba y cuando la explicación terminó, retomó la lectura escondida detrás de la revista. El loco, claro, ese que entendió lo que los demás no, es el loco, pensaba yo.
Pasaron varios días hasta que volví a estar solo con mi abuelo frente al mar y casi que había olvidado el asunto. No había olvidado, ni jamás lo hice, los abrazos, las palabras, el momento y su mano sujetando la mía. Lo que había olvidado era intentar darle una explicación, considerarlo como un suceso fuera de norma, simplemente asumí que mi abuelo estaba un poco loco, como decía mi hermana, y a veces se comportaba distinto. Ese día soplaba mucho viento perpendicular a la costa y las olas rompían casi de costado, en diagonal. Yo estaba cavando un pozo intentando llegar hasta el agua, como me habían mostrado mis primas, cuando una de las piernas de mi abuelo se metió en el pozo, luego la otra y se sentó en el borde mirando al mar. Lo miré molesto ya que quería continuar cavando mi pozo y sus pies estaban en el medio, pero él miraba al mar, igual que aquel otro día. Me pidió que me siente junto a él y posó una de sus manos sobre mi rodilla, mientras con la otra señalaba el mar y me explicaba por qué las olas corrían de ese modo, me mostró unas gaviotas volando contra el viento, mientras permanecían en el lugar y también me contó por qué había una espuma amarronada dando vueltas por la playa y cerca de la orilla. Luego de un silencio, sin mirarlo a la cara le pregunté si estaba loco y me dijo que sí, como todos, pero que él no tenía problema con eso.
Al día siguiente emprendimos el regreso con mis padres y mi hermana. Mis abuelos se quedaron allí un mes más, y a los tres o cuatro meses después de volver a la ciudad mi abuelo sufrió un infarto y murió. Unos meses más tarde murió mi abuela y me quedé sin saber quien era mi abuelo. Años después, estaba yo en la facultad y conocí a una chica con la que estuvimos unos meses noviando. Cuando me preguntó por mis abuelos le conté esta historia y le dije que me apenaba no haber conocido mejor a mi abuelo, pero me dijo que posiblemente yo era el único de mi familia que lo había conocido y me hizo sentir mejor, aunque no fuera cierto.
jueves, 1 de abril de 2021
Soluciones a Problemas (el orden altera el producto)
...Y no al revés
La tarea de un ingeniero es simple en teoría y puede resultar desde simple hasta compleja en ejecución. La tarea de un ingeniero, en mínimas palabras, es encontrar la herramienta, y si es necesario crearla, para la solución de un problema. Solución de problema también puede entenderse cómo mejorarlo. Por ejemplo un proceso de carga de un material puede estar resuelto cómo problema: el material está en A y se logra cargar en B, pero tal vez eso consume mucho de algo: tiempo, energía, recursos, etc. Entonces ahí viene nuestro héroe de la hora y aplica su conocimiento, su sabiduría y reduce ese gasto aplicando una herramienta. Había un problema, se aplica una solución.
En la actualidad me topo casi todos los días con gente que tiene una herramienta en la mano y quiere solucionar un problema que no tiene. Es el equivalente a comprarse un martillo en la ferretería para luego ir a la casa de uno a cocinar con el martillo, limpiar con el martillo, acomodar la ropa con el martillo y claro, colgar ese cuadro con el martillo.
Mi problema de hoy radica en la dificultad que tengo para revaluar el estado de las cosas, y si bien tengo la solución en la mano, me cuesta aplicarla. Voy a pasar del mundo abstracto al material para poder explicarme, lo siguiente es un ejemplo nomás.
Me propongo cocinar una comida, un tentempié para picar antes de una verdadera comida. Son unas galletas crocantes, con un paté, un chutney de ciruelas y mermelada de duraznos. Mi idea es dejar las cuatro cosas sueltas para que la gente elija como comerlas, pero esto no es del todo cierto, yo no admito todas las combinaciones, mi idea original es una galleta crocante con paté y luego un poco o de chutney o de mermelada, cualquier otra combinación es aberrante. Pero la gente es creativa y elige lo que mejor le parece y al proponerles que armen la combinación que más les guste, hacen exactamente eso. La propuesta original cambió, ya hay otras opciones sobre la mesa y se cursan según el deseo de cada uno.
Yo propuse, la gente consume. Esa situación va evolucionando a nuevas posibilidades, que generan nuevos problemas. Ahora que dejé un ejemplo y me siento satisfecho voy a pasar a la realidad.
Un blog
Hace años cree este blog y mi propósito era jugar en él, jugar escribiendo. Tenía por subtítulo "Boreas, Notos, Euros y Céfiros" o algo por el estilo, son los nombres que los griegos le dieron a los cuatro vientos y mi idea era que lo que publicaba estaba siendo ventilado a cuatro vientos porque al publicarse quedaba expuesto. También, originalmente, quería expresar ideas con distintas voces y darle a cada uno de esos nombres una personalidad y poder ponerme el sombrero de ellas para escribir, pero esto no progresó.
También tenía por fin ser simplemente el lugar donde publicaba mis ficciones, mis reflexiones y alguna que otra cosa más. Y con ese talante lo hacía, pero poco a poco, las otras opciones comenzaron a volver del lado de los que consumen este blog: se modificó el objetivo por fuera de mi control. Terror.
En muchísimas ocasiones escribí cosas partidas, en capítulos, pero la gente me comentaba cosas de forma aislada, unitaria. En otras ocasiones escribí barbaridades imposibles de haber sucedido sin que el mundo que me rodea se entere, pero fui interpelado por parte del foro si eso realmente me había sucedido. Escribí en ocasiones sobre la infidelidad estando en pareja, en la vida real, y me preguntaban cómo aguantaba que mi pareja me hiciera eso, yo saberlo y continuar juntos. Era algo realmente fuerte, yo depositaba ficciones sobre la mesa, pero la gente devoraba realidades.
Primero me eché la culpa de no escribir bien, al fin y al cabo eso era lo que estaba haciendo y no se entendía. Algunos comentarios externos me dejaban saber que gustaban de lo que leían y entendían que era una ficción. Esto me llevó a pensar que puede que no escriba bien, pero no tenía que ver con la interpretación de los textos. Entonces pensé en dejar instrucciones, o sea, dejar un `algo' que explicara como funcionaba la cosa y modifiqué el subtítulo a Son todas ficciones. Pero fue como dejar una receta sobre la mesa explicando cómo untar el paté, y luego cuál de los dos elementos dulces utilizar. El punto de partida no es martillar la cacerola hasta que cocine el guiso, sino dejar el martillo de lado y ver qué hacemos para que se cocine. Hay que revaluar por el camino y replantearse las cosas.
Un norte
Ayer estaba en la cocina pensando en el norte. Pensaba como esa idea funciona para tantas cosas. La primera seguramente sea la que nos da la brújula, esa herramienta que soluciona parte del problema de a dónde estamos para saber a dónde vamos. Y luego vienen muchas ideas que explotan la primigenia: tener un norte para ejecutar un plan, tener un norte para mantener una ruta, tener un norte como persona, etc.
Pensaba en como los grupos de amigos suelen tener un norte, a veces es una persona o dos, que son una referencia fuerte de qué se hace y qué no, cómo se hace y cómo no. Otras veces el norte es una entelequia del conjunto, un simple punto de unión que define las direcciones, los sí y los no, como un equipo de futbol, el gusto por una actividad o simplemente haber compartido tiempo juntos en algún lugar que fijó ese norte y luego las trayectorias siguen definidas desde allí. Es una idea lo suficientemente larga como para publicar algo al respecto, pero no tengo donde, porque mi blog son ficciones ahora, no son más cuatro vientos.
Entonces volvió la idea original, los vientos, pero esta vez simplemente serán cosas que ponga sobre la mesa y cada uno preparará su galleta como más le guste. La gente entiende que un blog es un lugar para reflexiones personales, como esta, y no necesariamente un lugar para publicar ficciones. Pero yo quiero publicar mis ficciones, tener ese norte cuando las escribo me empuja, me pone incómodo y me lleva a masivos bloqueos que son los que me generan miles de preguntas y replanteos. Entonces tendrá que ser un mixto, pero vuelvo a caer sobre mi problema: no lo dejo fluir para poder revaluarlo, poder dejarlo ser lo que sea.
Mi blog será un blog, como cualquier otro y dejaré allí también las publicaciones de lo que vaya escribiendo. Creo que la gente va a entender lo que quiera y yo así debo dejar que sea. Estuve sosteniendo una solución a un problema que no tenía, y no buscaba la solución de aquel que sí tenía.
domingo, 17 de enero de 2021
Pagar una Birra
Era habitual encontrarme un sábado a la noche dando vueltas por los bares de Temperley. Tendría yo unos diecisiete años. En este lugar de la ciudad pululaban en unas pocas cuadras distintos lugares donde proveerse una bebida, algún antro bailable y sobre todo una nube hormonal adolescente que mareaba hasta a los perros. Había que encontrar una tribu, una pertenencia, que más o menos justificara las cosas que hacíamos, la música que escuchábamos, a qué lugares íbamos y a qué gente frecuentábamos. En uno de esos bares, una noche, me crucé con Alejandro.
En realidad a Ale lo había conocido cerca de la estación de Lomas, yo iba a la escuela de noche y estaba desde el mediodía hasta media tarde dando vueltas tratando de encontrar algo para hacer. Los flippers pinballs en otros lugares del mundo) eran una gran fuente de distracción y allí iba yo a buscar mi matatiempos favorito. Un día estaba esperando que un pibe terminara de jugar su partida mientras espiaba como jugaba para aprender una cosa o dos. Estos juegos son a tres bolas, una vez que uno pierde la tercera, todo terminó. Vi como Alejandro recolectaba puntos, organizaba jugadas, hacía tiros prodigiosos y obtenía jackpots uno detrás de otro. Pero poco a poco las bolas caían. Primero una, luego otra, obtuvo una extra pero finalmente disparó la tercera y yo comencé a escurrir mis dedos dentro del bolsillo para recuperar mi ficha, ese círculo metálico con hendiduras que me haría acreedor a un partido. La bola dió un par de tumbos sobre el tablero y corrió directo hacia uno de los carriles laterales que la descartaría. Como un perro pavloviano comencé a salivar pensando en mi próxima aventura electromecánica. Pero cuando terminó el partido, Alejandro no abandonó su posición de dominación del aparato, conservó exacta la postura como si aún continuara el juego. Debo decir que me quedé un poco perplejo y esperaba que retornara a la realidad para notar mi presencia y dejarme jugar. Pero eso no sucedió.
Alejandro hizo medio paso atrás enfrentando al aparato, metió los dos dedos centrales de su mano izquierda por la apertura donde se retornaban las fichas que no habían sido aceptadas en un gesto que me resultó obsceno. Me hizo pensar en una penetración vaginal dactilar. Levantó la puerta desde ese punto, claro que solo unos milímetros, estaba bloqueada, y girando levemente la cabeza me miró por primera vez y vi su sonrisa, como una mueca, decorando la situación. Dio un golpe seco a la base de la puerta y escuché por los parlantes del aparato el sonido característico al acreditarse un juego. Nuestras miradas no se soltaron, la mueca no cesó, hubo otro golpe.
- ¿Jugamos de a dos?
Durante un tiempo nos encontrábamos en la estación, íbamos juntos al negocio de los flippers y comprábamos dos o tres fichas para disimular, jugábamos unos seis o siete partidos y luego nos íbamos. Muchas veces perdíamos pronto y yo quería quedarme un poco más a matar el tiempo, pero Ale me sacaba amablemente y me explicaba que no había que abusar para no levantar sospechas. Antes del comienzo del verano desapareció. Yo sabía que vivía con una de sus tías cerca de mi casa pero era toda la información que tenía. Era un tipo extraño, bastante solitario y muy astuto. Creo que tenía la misma edad que yo pero como la mayoría de mis amigos, parecía entender una o dos cosas más que yo.
Comenzó el siguiente año y estaba yo deambulando por Temperley, había ido con mis amigos pero siempre pasaba lo mismo, nos íbamos desparramando por los bares, caminando sueltos por las calles para el final de la noche encontrarnos en la plaza, ir a una pizzería a comer algo y volvernos a casa a dormir. Entonces estaba yo deambulando cuando al entrar al bar de la estación lo vi sentado a Alejandro en el mostrador, charlando con un viejo y fumando. Sostuve la mirada un rato y ví una vez más la sonrisa en su rostro, me hizo un gesto y me sumé a la charla. Pronto comprendí que no se conocían sino que estaban simplemente intercambiando opiniones, sumé las mías y así estuvimos durante un rato.
El bar de la estación tiene una barra de acero en forma de 'u' de modo tal que un solo mozo puede ir ocupándose de varios clientes. A su vez, a los clientes no les queda otra que consumir, ni bien uno pone un pié dentro del bar, el único paso restante posible es sentarse en la barra, o muy trabajosamente, dar vuelta a la 'u' para sentarse del otro lado. Uno de esos lados tiene acceso por la estación de tren, el otro por la calle.
El viejo se levantó, sacó un fajo de billetes de su bolsillo y haciendo un gesto al mozo le indicó que pagaba la consumición de los tres, nos guiñó un ojo y se marchó tambaleándose con un cigarrillo a medio prender en la comisura de su boca. En el mostrador quedaba un pingüino metálico con uno o dos vasos de vino, media soda y un cenicero lleno de colillas. Serví lo que restaba y comencé a charlar de estupideces con Alejandro, como si no hubiera pasado un día. Hice un racconto de mi verano, algunas cosas de la escuela y como había terminado la historia con esa chica con la que estaba noviando. Prendí un cigarrillo, hice un pequeño silencio y le pregunté "¿y vos?''. Me miró con una expresión vacía, siempre el esbozo de la sonrisa y la mirada fuerte, pero nada más. Solo me dijo "Tomemos una birra'' y llamó al mozo.
Creí que me contaría de sus días, de qué había hecho o a dónde había ido, pero hablamos de flippers, de música, discos viejos de bandas más viejas aún y anécdotas que en esa época se trasmitían de boca en boca y eran imposibles de comprobar. Pagué esa cerveza y me dijo que él se encargaba de la próxima, que vino detrás.
En ese momento entró una de las tribus que daban vueltas por esas noches. Había varios colegios privados que producían una horda uniforme y amalgamada que operaba y respiraba en conjunto. Todo aquel que no pertenecía a la horda era un ser inferior, pero peor aún, si uno pertenecía a otra horda corría peligro de ser violentamente mancillado por el enemigo. En la horda de turno había dos muchachos que miraban constantemente para nuestro lado. A mí me tenía sin cuidado ya que sabía que no era más que un leptón para estos tipos, pero desconocía si podrían estar tras Ale.
La segunda cerveza se me hizo pesada pero todos esos problemas se fueron al garete cuando Ale mientras prendía el último cigarrillo de su paquete me confesaba en voz baja que no tenía dinero para esa cerveza. Yo había gastado lo que me quedaba en la anterior y hasta me había arrepentido porque incluía el dinero del regreso a casa y ahora debía caminar, pero en ese momento entré en pánico. Ale notó mi alteración y sin perder la compostura me dijo que no me preocupara, que iba a cumplir con su pacto, él se encargaría.
Terminamos la segunda cerveza y mi borrachera estaba alterada por el temor a ser castigados, aunque no sabía como, por el mozo, una parte estaba alimentando paranoias con la horda y creía que en cualquier momento vendrían a por nosotros y yo no podría ni defenderme ni correr. Prendí un último cigarrillo que solo me descompuso aún más y pensé que simplemente podría levantarme e irme, en ese instante se terminarían mis problemas. La sola idea de concebir la idea me produjo arcadas. No sé quién era este tipo, ni aquellos, ni qué pasaría en el bar, pero yo no me iba a ningún lado.
La horda comenzó a cantar una canción popular pero con la letra cambiada, arengando al resto del bar a seguirlos a pesar de que no teníamos idea de como iba la letra. Del otro lado de la 'u' había miradas y gestos amenazantes en caso de no acatar la pauta, y yo solo pensaba que nada tenía sentido. Mientras me imaginaba fregando el bar hasta pagar nuestros gastos construía argumentos para explicar racionalmente por qué sería imposible para nosotros cantar una canción que desconocíamos e imaginaba esos argumentos escuchados y comprendidos por los integrantes de la horda. En medio de esos pensamientos algunas de mis neuronas que no estaban sumergidas en alcohol me interpelaban. ¿Quería yo resolver racionalmente cuestiones con una horda? ¿quién era el más irracional? ¿la horda o yo?
El clima en el bar se fue caldeando y el mozo, experimentado en su tarea, comenzó lentamente a cobrar los consumos y levantar los servicios. De a poco, como un pacman de blanco y negro, lo veía ir punto por punto recorriendo la 'u' y veía como nuestro fatal momento se aproximaba. Del lado de la horda alguien rompió un vaso al empujarlo de la barra al piso, posiblemente de forma accidental, pero el mozo, impasible ante el hecho, continuaba con su tarea y eso llevó a un libertinaje aún mayor por parte de la horda que ya se subía a las mesas y agitaba los brazos como en la cancha. Ale estaba pétreo bebiendo su cerveza y me sirvió el restante de la botella en mi vaso.
El mozo llegó al último barra habiente anterior a nosotros y sentí el vértigo invadir mi cuerpo en forma de adrenalina. En ese momento Ale se paró, se puso el cigarro en la boca y cerrando un ojo para que no le entrara el humo tomó la botella y la arrojó violentamente contra el piso interior de la barra, generando un estruendo que invocó la mirada de todos y un momento de silencio. En ese momento, como una represa conteniendo miles de millones de litros de agua a punto de desbordarse vi al mozo calcular el daño. Una respuesta desmesurada generaría la explosión justificada de la horda, que destruiría mucho más que un envase. continuar impasible sería permitirlo todo y la tercera opción, la tomada, era la acertada. Con un grito y un gesto nos echó a todos y declaró el bar cerrado.
Salimos por la puerta de la estación para dar un rodeo y evitar cruzarnos con la horda. Yo seguía en silencio, atónito y sorprendido. Ale caminaba a mi lado en silencio y llegamos a la puerta que daba a la boletería, metió la mano en un bolsillo y sacó tres o cuatro billetes, me dio uno mientras me decía "Para el colectivo" y apurando el paso subió al andén donde estaba entrando el tren. Me quedé parado allí unos cinco minutos hasta que vi venir por la calle el 318 que me llevaba a casa. Subí con el billete en la mano y mirando al chofer comprendí que debía pagar con monedas. A Ale nunca más lo vi.
lunes, 28 de diciembre de 2020
Una Fiesta (en Balvanera) (Parte II)
(link a la Parte I)
Después de cierta edad las fiestas se vuelven legibles. Cuando era más chico me costaba darme cuenta qué podría llegar a resultar un bodrio importante o qué tenía chances de ser un posible éxito. En este caso era bastante difícil saberlo. El lugar estaba habitado por varios personajes coetáneos a Carrie y Jotacé, lo cual podría representar un peligro. La gente joven tiene mucha energía pero poca experiencia, gustan de cosas que tienen poco que ver conmigo, cuando las entiendo. Por otro lado, aquí o allá había algún habitante que podía resultar atractivo. Empezando por la dueña de casa.
La dueña de casa era Yuli, el nombre era Yolanda pero ella lo detestaba y cuando la conocí me dejó bien claro que no deseaba que nadie lo utilice, algunas de sus amigas en ese momento le decían Yuli y gracias a no pocos esfuerzos superé todos y cada uno de los preconceptos que tenia y comencé a llamarla así hasta que me apropié del nombre. Ahora ese conjunto de letras, ese sonido, no estaban poblados de ideas y cosas sino que habían sido despojados de todo para completarse con su presencia.
Yuli nunca fue una amiga cercana, ni siquiera me atrevería a llamarla amiga. La conocí en la facultad, era amiga de una amiga de un amigo y esas cosas que nunca terminan por aclararse pero que poco importan. Cada tanto con Yuli nos cruzábamos en el bar o en la biblioteca y se acercaba, estábamos unos días compartiendo horas de estudio y luego volvía la distancia. En esa época no había celulares y apenas algunos tenían un email. No existían las redes sociales y el sostén de los vínculos era más trabajoso que ahora. Pedir un teléfono a alguien era bastante más osado, además requería luego hacer la llamada y hablar, o justificar un encuentro y hasta ese momento uno no tenía mucha información de la persona.Nunca me atreví a pedirle su número, entonces Yuli entraba y salía de mis días en un ciclo dictado por el azar. Yo hacía esfuerzos por modificar ese azar y supongo que ella tampoco, y si así fue, jamás lo noté.
Durante años no la vi hasta que hubo un episodio puntual, algunos años después de dejar facultad. Había empezado mi trabajo de corrector y no veía nada que me pudiera aportar el estudio, los docentes que tenía me resultaban poco interesantes y lo que me restaba de carrera lo mismo. Pensé, y no me equivoqué, que lo que faltara podría aprenderlo por mi cuenta mientras conocía el mundo. Así fue que decidí viajar y trabajar donde pudiera. Uno de mis compañeros en la facultad tenía un pariente que era editor y luego de unos pocos contactos conseguí hacer una prueba de corrección sobre traducciones de textos técnicos.Tenía un buen nivel de inglés y mis estudios secundarios fueron en una escuela técnica, lo que me calificaba bien para la tarea. Cobraba poco, los trabajos tenían fecha de entrega más o menos lejanas en el tiempo y las correcciones eran aprobadas casi en su totalidad. Así fue como comencé en el negocio que resultaría clave en mi vida. Podía viajar, hacer las correcciones en cualquier lugar, recibía por correo las pruebas de impresión, hacía mi trabajo y enviaba por correo las correcciones. Cuando Aníbal, el editor, tuvo que adoptar el correo electrónico como herramienta las pocas ataduras y complicaciones que tenía desaparecieron y ya no podía imaginarme haciendo otra cosa.Así fue como un día llegué a Cochabamba en Bolivia. Frente a la Plaza de Armas, habitan varios negocios bajo las arcadas, entre ellos los de cabinas telefónicas. Fui a una de ellas para hacer una llamada a la editorial y decirles que mi estadía en La Paz, que había sido pactada con anterioridad, era cambiada para quedarme allí y arreglar los datos postales necesarios para nuestros intercambios. Al salir de la cabina, haciendo la cola para pagar vi delante mío a una mujer. No me tomó más de unos segundos saber que era Yuli. Me sorprendió mi velocidad para identificarla, si bien su aspecto no había cambiado mucho, hacía tiempo que no la veía y la sensación de reconocerla tan rápido me dejó perplejo. La vi pagar su consumo y salir hacia la plaza, la busqué allí hasta encontrarla en un banco y me senté a su lado, sin decir nada
- Estas igual -me dijo- Te vi hablar en la cabina y te reconocí al instante.
Su mirada se dirigía a algo con lo que jugaba en sus manos, alguna ficha o moneda. Tenía una sonrisa muy pacífica y su tono de voz era muy relajado.
- ¿Qué haces en Cochabamba?
- Estoy trabajando para Aníbal ¿te acordás? En unos meses me encuentro con un amigo en Machu Picchu y decidí quedarme aquí para terminar un trabajo y luego seguir viajando.
Me explicó que esa tarde estaba ocupada pero que le gustaría ponerse al día y charlar un rato. Me preguntó si podría encontrarme con ella al atardecer en ese mismo banco. Desde esa tarde y durante los cuatro días subsiguientes pasamos todo el rato juntos. Dormí en su casa todas esas noches, un departamento pequeño en un primer piso cerca de la plazaSucre. El quinto día a mediodía me dijo que se iba a La Paz y que no sabía cuándo volvería. Me pareció por demás natural en ese momento. Me ofreció quedarme en esa casa lo que dure mi estadía en Cochabamba y así fue. Cuando meses después marché a Machu Picchu, simplemente cerré la puerta y me fui. No la volví a ver hasta que entré por ese pasillo. En un cajón de mi escritorio aún tengo la llave de la puerta del departamento.
La casa era un PH remodelado bastante bonito. El patio interior había sido cubierto con un techo vidriado y casi todos los ambientes se habían abierto para despejar el camino. Lo 4que antiguamente era un lavadero había sido convertido en una moderna cocina y estaba, en ese momento, saturada de gente preparando bebidas o buscando algo para picar. Yuli nome había soltado la mano desde que pasé el umbral y cuando entramos a la casa me señaló una arcada que daba a uno de los ambientes con la intención que me dirigiera a ese lugar.Encontramos un sillón libre y allí nos tiramos. No sé si fue la posición, el descanso luego de caminar, o la satisfacción de haber logrado entrar a esa fiesta que había olido desde la calle, pero mi mente se detuvo por un momento, respiré dos veces profundamente y comencé a repasar los hechos. Me resultaba por demás increíble. Ví a Carrie con su cara iluminada por la pantalla del teléfono mientras Jotacé le acercaba un vaso con algo para beber. Hasta hacía unos minutos esas personas eran ajenas a mi vida y ahora las conocía un poco aunque sea, había logrado entrar a la fiesta y una noche que estaba a minutos de terminar vio extendida su vida por unas horas más. Sin embargo ninguna de esas cosas eran comparables a la sensación que tenía al sentir la piel de la mano de Yuli en la mía. Las palpitaciones que tuve cuando la vi aún resonaban en mi pecho. En un rapto de lucidez entendí que mi mente iba a zozobrar y necesitaba flotar un rato a solas para procesar el momento y poder navegarlo.Salté del sillón como un resorte, dibujé una sonrisa que salió desencajada y expliqué que iba al baño. Mientras buscaba ese cuarto, pensé seriamente en salir por la puerta y huir.
El cuarto de baño era gigantesco, en blanco y negro. Había sido reconstruido recientemente, habían elegido armarlo con elementos que parecían de otra época a pesar de ser nuevos. Los azulejos eran blancos rectangulares, con una guarda negra. El piso, damero en blanco y negro, me recordó a la casa de mis abuelos. El lavabo era desproporcionado en sus dimensiones, podría haber bañado a un niño allí dentro. Estaba sostenido por una columna de cerámica facetada que lo presentaba tan bello que daba pena utilizarlo. Todo tenía ángulos rectos o medios rectos, era realmente hermoso, parecía estar sumergido en un film de los años cincuenta. A un lado, una bañera blanca con cuatro patas de león perfectamente esmaltadas. El único elemento que no era blanco o negro era una estantería de mimbre que contenía toallas blancas y canastos cúbicos, también de mimbre, conteniendo los objetos de perfumería que normalmente se encuentran en el baño. Estaban escondidos allí para que no interrumpieran la uniformidad estética con que había sido creado el cuarto. Mi aspecto y mis ropas no encajaban en lo más mínimo.
Me miré al espejo y pensé qué creerían de mí mis antepasados sí me vieran en ese momento. El veredicto fue positivo y eso me permitió tomar la caña del timón firmemente y gobernar la embarcación. Un golpe de suerte me había sido regalado y no estaba entre las opciones desperdiciarlo. Vi el agua mezclada con mi orina fluir por el inodoro, vi como se llenaba de una carga nueva y recuperaba su pulcritud, caminé al lavabo y me lavé la cara dos veces. Hice un buche para enjuagarme la boca y repasé todas las salpicaduras con la toalla que doblé y colgué de una argolla metálica que servía de toallero. Me producía escozor dejar ese santuario desordenado.
Al salir del cuarto de baño estaba transformado, mi aplomo era total y podía sentir como me apropiaba de mi ser, de la noche y del azar. Pasé por la barra que separaba la cocina del estar y haciéndome el canchero miré a una señorita que estaba por entre las botellas y le pedí un trago, sonrió divertida, tomo dos botellas cualquiera, sirvió en un vaso, luego jugo de naranja y finalmente adornó la preparación con una hoja de menta. Y extendiendo el brazo cambió su sonrisa por una mirada retadora, mientras me alentaba con los gestos a beber aquello que yo había demandado y ella había construido. Entendí que no podía retractarme y simplemente tomé el vaso y le eché un trago. Era terrible, no imposible, pero terrible. Sonreí de costado como aprobando, la saludé elevando el vaso y marché hacia mi sillón, calculando los lugares donde podría dejar el vaso.
Mi sorpresa fue total cuando a la distancia, vi en el sillón sentada a Yuli con la mujer del colectivo, charlando animadas y un poco ajenas a la situación. Estaban sentadas de costado y quedaban enfrentadas, parecían ser grandes amigas, pero esa teoría partió por tierra cuando Yuli le acarició la cara y la besó. Todo el aplomo que había ganado se había esfumado, el vaso corría lentamente por entre mis dedos y dentro de pocos centímetros experimentaría una caída libre que terminaría, fatal y súbitamente contra el piso de cemento alisado. Había sido un beso pequeño, muy tierno y sentido. Mientras miraba estupefacto la escena perdí la noción de mi entorno y solo sentí el vaso perderse entre mis dedos. Intenté rescatarlo pero solo atiné a capturarlo a media caída, volcando la totalidad de su contenido y haciendo una escena.
Salí disparado hacia la cocina a buscar un trapo pensando qué me estaba pasando, estaba dando pantocazos contra cada ola que aparecía. La gente no parecía haberse percatado de mi accidente y todo a mi alrededor continuaba inmutable. Dejé el vaso sobre la mesada y volví sobre mis pasos, intentando alcanzar el sillón cuando en un giro detrás de una columna quedé de frente con Yuli, detrás suyo la mujer del colectivo, las dos me miraban y creí que iban a increparme por estar haciendo un escándalo. Yuli trajo a la mujer hasta delante mío y comenzó a presentarme, pero fue interrumpida rápidamente:
- Marce, él es Enrico...
- ¡Hola! -dijo Marcela- ¡Por fin!
- ...¿Por fin? ¿Se conocen?
Estaba pronto a dar explicaciones cuando comprendí que no había nada para explicar, aún así me sentí como si fuera interpelado por mi pareja al descubrirme con ‘otra’ en pleno acto.
(Continuará...)









